Wednesday, April 20, 2005

Fe de ratas

Por: Lourdes Beatriz Arencibia Rodríguez



Los sucesos paranormales ya no estaban de moda, pero en el corazón de un barrio de urbanización sólo para violentos, con la boca tirando a sonrisa y el estómago a nostalgia, Amparo había decidido iniciarse de prostituta ese preciso verano con vocación de monja visigoda aspirando a no tener que pararse nunca de aquella butaca que alguna vez había sido "de estilo" en la que por decisión propia y aunque no tenía ningún impedimento físico de locomoción, hacía dieciocho años que permanecía sentada.

No era todavía antañona, ni tenía mala pinta y aún en aquella insólita postura no le habría sido tan difícil recuperar la vieja rutina de la ofrenda en un sentido ortodoxo, a no ser porque una inesperada e inoportuna radical de mama la había dejado a los veinticuatro abriles liada en el capote de paseo con una pavorosa cicatriz que le cruzaba de lado a lado la hondonada donde antes tuvo generosas tetas y punzantes protuberancias. Era ilusorio desconocer que en cualquier código de tránsito aquello era una señal inequívoca de "PARE". Pero Amparo la Sentada había oído decir muchas veces a Padre que no había mujeres feas sino sólo con bajo nivel de alcohol en sangre y entre otras cosas, tenía hambre de futuro. Estaba pues, dispuesta a dedicarse con rogativa, trisagio, motete y letanías como quien promete una novena a San Aniceto, a una de las actividades que se habían convertido junto al robo, las drogas y el juego en iconos de su generación, aunque fuera en dosis homeopáticas.

Experiencia con el sexo tenía de sobra. Siendo todavía una adolescente de secundaria, nunca faltaba a la cita con las mamandurrias de Guajimico –el guajiro con cara de mono, vendedor de los cárnicos del puesto, que solía asecharla todas las mañanas en la escalera de la ciudadela donde ambos vivían y rápidamente le convertía la blusa del uniforme en una verbena de manchas de chorizo y huellas dactilares para envidia de sus condiscípulas.

-Siéntate aquí un ratico que siempre bajas como un condenado reguilete- , le susurraba insinuante el guajiro con la diligencia de sus apremios matinales, tratando de extender los espasmódicos masajes de las redondas certezas de Amparo a otras zonas de su geografía y la chica le dejaba hacer para marcar no tanto la confirmación del deseo, como la superioridad de su manejo.

-¡Qué pejiguera la tuya, suéltame ya!- fingía que forcejeaba la otra con un indisimulado rejuego de entregas y complicidades, escabulléndose escaleras abajo cuando menos se pensara con los pezones como garbanzos y una risa que amenazaba con volverse de permanente cosquilleo debajo del ombligo.

El jolgorio con Guajimico empezó a parecerse demasiado a la producción de butifarras . De suerte que cuando al fin, la policía se lo llevó preso por prenderle fuego a la colchoneta fumando mariguana, Amparo se alegró porque por lo pronto no la dejaba preñada - ¡Quizás llegue a parir un hijo cuando caduque la "libreta de racionamiento"!- le decía, pero aunque la había perseguido hasta el catre, Guajimico no duró ni tres asaltos encaramado en el caballo. Lo vio pasar con la trastienda vacía, impávida y desaprensiva, sin moverse del sillón adonde una andanada de violencia verbal de la concubina de Padre la había momentáneamente confinado:

¡Ese no sale más del tanque! ¡Y no me ensucies el piso que se nos va el agua y lo acabo de baldear! ¡De contra que está negro de churre con tanta mierda como dejan los puñeteros gallos de tu padre! –. La gritería no la dejaba pensar bien en los próximos posibles aspirantes a la escalera y ese proyecto fue la mejor manera que halló de decir adiós a Guajimico. En la barriada había por lo menos una decena de sementales que merecían matrícula, pero ¡ya habría tiempo de abrirles un expediente cuando llegue el momento! Mejor irse ahora al cine, su pasatiempo favorito en segunda bancada.

Aunque la primera parte de su vida había transcurrido asfixiada en la niebla cultural de su medio, el diálogo con la pantalla había sido siempre para Amparo una suerte de mágica experiencia que la conectaba muy fuertemente en viaje de ida y vuelta con su propia filmografía. También de cara al público que llenaba noche a noche la carpa del circo "comunitario", se había acostumbrado a ver a Padre enfrentar la vida con rostro de payaso en un ejercicio de malabarismo que tenía mucho que ver con su afición cinéfila. Por muy divergentes y ficticias que en apariencia fuesen ambas historias, los desenlaces eran los mismos y marcaban los conflictos de su generación en ese otro escenario material donde sobrevivían, la mayoría de las veces para confirmarlos y no para refutarlos, cuando más para envejecerlos súbitamente de cara a una realidad que solía hacer muchas menos concesiones a sus protagonistas.

-¡De película! solía decir con la lucidez que daba el saberse parte de la pelea cuando al filo de la medianoche regresaba a la casa con la proporción, la cautela y la concreta ambigüedad de alguien a quien Chaplin le ha contado la verdad de los cuentos. –Cuando uno sale del cine, aún sabiéndose contra las cuerdas, todo parece mejor- pensaba.

A principios de septiembre, por complacer a Padre, Amparo se matriculó en un curso de Instructores de Arte. Y también por aquella época, el viejo empezó a traer a la casa a un italiano de nombre Marco, a quien conoció en la calle. Hacía algún tiempo que había venido a dar a Cuba desde Sao Paulo, más precisamente desde una "strada" de nombre tan poco italiano como la Rua Haddock Lobo donde en el número 1644, funcionaba un restaurante de cocina mediterránea en el que trabajaba que se llamaba Fasano, como su pueblo natal en la región de Puglia. –Il mio "paese"- como decía, alargando voluptuosamente el diptongo. Enseguida, hizo buenas migas aunque de distinta manera, con los tres miembros de la familia: Amparo, la concubina y Padre.

Marco no tenía amigos, sino intereses, dos cosas que sólo suelen tener en la vida coincidencias puntuales . Como casi todos los italianos sabía hacer pasta, lo cual era una gran ventaja en un país donde la pizza y los spaghettis se habían convertido en pocos años en los platos de mayor demanda nacional. De manera que sus aspiraciones de abrir un "paladar" en Centro Habana con tiempo y un algo de suerte, no resultarían del todo descabelladas sobre todo si era clandestino y mejor si se lograba ambientar para ese propósito, algún recoveco de la ciudadela que no quedara demasiado a la vista de la policía.

El pugliese tenía un gran espíritu empresarial y alguna instrucción, y para ganarse la simpatía de la juventud farandulera del barrio y especialmente de la familia de Padre, se autopropuso para cooperar en un "proyecto cultural" de la comunidad.. Lo primero que trajo -para que se fueran haciendo una idea del lugar de donde les vendría la pizza- fue un gran cartel a todo color que hablaba de Fasano, "una "villeggiatura" de unos 40,000 habitantes, o sea, más o menos tantos como los de Centro Habana...

-¡Bueno, no exactamente los mismos! ¡Fasano era en Italia, capito! ¡en medio de una región toda plantada de olivares a 5 km del Adriático y a otros 5 de las colinas de Puglia...! El italiano estaba señalando un punto imaginario del planeta porque después de todo, el cartel de marras lo que anunciaba era el Fasano de Brasil...

-Allá, mi familia tiene una casita en la colina y mis hermanos que son 7, un bote para salir a pescar...

La concubina de Padre asistía arrobada y dijo que mucho le gustaría ir a Italia. A nadie, ni siquiera a Marco y salvo al viejo, llamó la atención el comentario, entre otras cosas porque en este lugar se da por descontado que en presencia de cualquier extranjero, alguien debe siempre "concientizar" la idea de viaje. Curiosamente, Padre lo miraba con tanto enojo que el otro no juzgó necesario decir más nada y plegó el anuncio.

En el cine de la barriada estaban exhibiendo La Strada de Federico Fellini, con Giulietta Massina y Anthony Quinn en los roles de Zampanó y Gelsomina, por lo que un rato después, Marco y Amparo se besaban y exploraban mutuamente en la oscuridad. De camino a la escalera se tropezaron con Padre que aún con la ropa de payaso les cortó prácticamente el paso. Por poco se mueren del susto cuando se les apareció aquel rostro enharinado de expresión casi siniestra. Se separaron sin decir palabra.

-Amparo, ¿qué te parece si le preparamos como grupo una función sorpresa a Padre el domingo?- dijo el italiano a media semana, irrumpiendo en el patio de la ciudadela donde solían reunirse los talleristas del proyecto cultural comunitario. Llevaba un papel en la mano.

-Tú serás Gelsomina y yo Zampanó. He encontrado un texto de Raúl Hernández Novás , que es ideal para eso. Lo podemos montar en la carpa como parte del programa. El administrador no se va a oponer. Díganme algo ustedes- y escrutaba el rostro de los demás buscando consenso.

La iniciativa cuajó y comenzaron los ensayos con la discreción máxima que podía pedírsele a la ciudadela. Padre por el día ocupándose de los gallos y por la noche en el circo, no tuvo mucha oportunidad de enterarse y la concubina no iba a perder por tan poco pedido el favor de Marco.

A Amparo/Gelsomina los payasos la ponían nerviosa. La primera impresión que le producía mirarles de cerca la cara era de pánico, aunque fuese la de Padre y ahora la suya. Y oírle reír le daban ganas de salir corriendo. De pie frente al espejo de maquillaje, dibujó rápidamente los contornos de un trébol donde debía ir una lágrima y huyó del cristal para no seguirse mirando, con la certeza de haberse librado de una alucinación.

Padre prácticamente la ignoró cuando fue a situarse en el centro del ruedo de la mano de Marco/Zampanó. Tampoco pareció escucharla cuando comenzó a recitar:

"El me ha dicho que todo sirve, Todo, para algo: las estrellas infinitas que brillan y esta oscura piedrecita que he recogido, Zampanó, del lodo.

Yo soy como esta piedra, o como el fondo, para siempre vacío, de botella, que brilla roto y entre el lodo hondo responde a la sonrisa de la estrella.

¿Por qué no me echas, bruto, del camino, pateando la piedra a tu capricho, y no te vas con las demás mujeres? ".

Sin dar tiempo a nada, Padre se lanza al ruedo, echa a un lado bruscamente a Gelsomina e increpa a Marco con voz rajada más allá de la afonía:

"¿Qué hay en tu cabeza? El Loco vino en la noche de estrellas y me ha dicho... Zampanó, ¿tú me quieres? ¿tú me quieres?"

Amparo intentó calmarlo. Pero el viejo estaba como poseído. Gritaba, gemía casi abrazado al italiano

No se trataba de comprobar con escalera y lupa el significado real de aquella desatinada intervención recibida en estado casi puro con la última estrofa del poema. ¿Pero qué puede sentir una joven de 23 años la primera vez que se percata de que su padre tiene reacciones claramente homosexuales y que además, está loco de celos por causa suya? ¿ Y qué esperaba de ella el viejo, un comportamiento de inteligencia o la inteligencia del comportamiento?

Restablecer el equilibrio de aquellas cuatro vidas no fue fácil. Marco y la concubina trataron de sacar adelante el paladar aunque hubo que cerrarlo poco después por la presión de los inspectores. Padre se pasó semanas enteras sin ir al circo, ni apostar a los gallos. Se diría que le abochornaba asumir su identidad. Y aunque Amparo trató de convencer a los suyos de que todo había sido una actuación para olvidar, ya la otra le estaba advirtiendo:

-¡Eso te crees tú..!

El extranjero desapareció un día de la barriada y las malas lenguas dicen que de paso, se llevó a la concubina de Padre a Italia para llevar a cabo, en Fasano, el proyecto de la pizzería. Un año más tarde, Amparo ingresó de urgencia en el hospital para una amputación de mamas.. Al principio, el viejo la sustituyó en la cilindrada de la escalera con el brío de una liberación finalmente alcanzada. Y meses después, sin pujas gremiales, llegaron a alternarse los recuentos del otoño y las calenturas de la primavera sin que ninguno de los dos estimara que el otro iba a arañarle los escalones.

Y así fue que aquel preciso día de marzo, frente al Malecón de La Habana fondeó el Maraveli, el misterioso buque que siempre se aparece por Semana Santa desafiando tornados en las aguas del océano Pacífico. Según la leyenda, quien se atreva a mirar los fuegos de San Telmo que se encienden en su palo mayor, queda ciego de inmediato. Como por Gabriel García Márquez sabía que un buque así había encallado junto a la iglesia de un pueblo colombiano ante los despavoridos ojos de sus habitantes, Amparo corrió a alertar a Padre, al cura, al babalao y al del Poder popular, con la esperanza de que si la nave llegaba a alcanzar las puertas de la ciudadela los capitanes Fokkeque y Van der Dekken quedarían prendados de los atractivos de su escalera. Así se llamaban los holandeses condenados a errar por los mares hasta que hallasen una mujer capaz de serles fiel y a navegar además eternamente, por hacerse a la mar un Viernes Santo y pactar con el diablo.

Respondiendo a las señales de las autoridades del puerto, los rubios capitanes ataviados con sus pintorescos y apolillados uniformes se disponían a bajar a tierra, muy solemnes y circunspectos, para saludar a la gente que ya se estaba colocando a ambos lados del trayecto hacia la iglesia y asistir al servicio religioso que oficiaría el cura auxiliado por el babalao con el ceremonial que corresponde a herejes célebres.

El holandés Van der Dekke llevaba un gallo giro bajo el brazo. Presuntamente, lo había canjeado hacía poco en una comunidad indígena de la Sierra de los Haitises cuando el Maraveli maniobraba para presenciar el apareamiento anual de las ballenas jorobadas sin poder evitar encallarse en la península de Samaná, del vecino Santo Domingo. Su amaneramiento era evidente.

Dicen que los homosexuales hablan entre sí un lenguaje secreto con los ojos comparable al de las mujeres con los abanicos y que se identifican y se concertan sólo con mirarse. Nadie sabe cómo ni en qué momento Padre y Van der Dekke se pusieron de acuerdo. Pero al llegar a la casa, el viejo hablaba de echarle el gallo cenizo al giro del holandés, y decía además, que el visitante estaba dispuesto a improvisar una valla en la cubierta del buque y que la pelea sería con los dos solos, sin testigos, a la fantasmagórica claridad de las estrellas tan pronto terminara la ceremonia en la que la batería de La Divina Pastora dispara el fogonazo de las nueve en el castillo de los Tres Reyes del Morro.

-Bueno, decía Amparo, entretanto yo puedo ir entablando relación con Fokkeque en la escalera ¡Quién sabe si el destino de Padre y mío es partir juntos, ni más ni menos libres, a navegar por esos mares..!

-¡Ese buque esta deshabitado, Amparo! advirtió de nuevo el barrio. La aludida reaccionó casi con desprecio. -¡Claro que no podían verlo si se ponían a mirar de frente al Maraveli! ¡Deja que se produzcan los milagros!-.

Sin embargo, un extraño sentimiento empezó a avanzar desde lo oscuro como clave y no como carga en el principio y fin de los secretos, pero Padre parecía muy seguro cuando metió al cenizo en la bolsa de tela de saco con agujeros por ambas caras, se la colgó al hombro y dijo a la muchacha: -Espéreme aquí sentadita m’ija, que paso a buscarla a la media noche. Yo también creo que nos vamos...- y salió presuroso. -¡Aún ni no volviese a verle..!

Tarde en la madrugada llamaron a la puerta de Amparo para entregarle en una caja de zapatos lo que había quedado del viejo. ¿Ajuste de cuentas por deudas de juego en la siniestra valla...? Nunca se sabría a cuánto se elevaron las apuestas en cubierta, ni en qué moneda el holandés le cobró la coima. El buque fantasma desapareció como mismo había aparecido, deslizándose mar afuera sin hacer ruido y a oscuras haciéndose invisible a las luces del faro.

Amparo la Sentada lleva años en la misma postura. Le va bien de prostituta. Como no tiene tetas, se rapa la cabeza y pasa por travesti. A los cuarenta y dos años, se parece cada día más a Padre. Así de pronto, se diría que es la misma persona. Pero los sucesos paranormales ya no están de moda.


6 Comments:

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