Thursday, April 21, 2005

Sesión doble

Por: María Dubón



Eran cerca de las tres de la madrugada, el the end acostumbrado anunciaba el final de la película subida de tono, por no decir abiertamente pornográfica, que estaba viendo en la televisión. La protagonista, una mujer despampanante, de esas que arrebatan los sentidos con su sensualidad refinada y exquisita, mi prototipo ideal de diosa del amor, se había paseado por la pantalla ligera de ropa, en cueros, imponente, y el actor principal, aunque en el cine todo sea ficticio, se la había beneficiado con absoluta veracidad.

Recordando la armonía de aquella figura, los perfectos pechos siliconados, los cabellos dorados y luminosos, la seductora sonrisa carmesí de la actriz, me fui al lecho conyugal donde dormía Alicia. Durante la cena habíamos mantenido una de nuestras habituales peleas de matrimonio que acarrea una década de vínculo a sus espaldas. Alicia me había lanzado su lista de agravios recriminándome severa por llegar tarde del despacho, por no haber encontrado el momento de reparar la lámpara de la mesilla estropeada desde hacía varios meses, por no llevarla nunca a ningún sitio, por no dedicarles el tiempo suficiente a nuestros tres hijos, por no colaborar en las labores del hogar, por negarme sistemáticamente a visitar a sus padres... Yo la había dejado explayarse a sus anchas, en parte porque la mayoría de sus acusaciones eran ciertas, en parte porque sus reivindicaciones eran justas y en parte porque la conocía, y sabía que si replicaba, estaría perdido. Así que en estos casos, y en otros parecidos, daba la callada por respuesta a sus imputaciones, y esto producía en ella una sensación de victoria que le permitía salvar el orgullo y me concedía a mí un respiro hasta la siguiente refriega.

Me acosté pegado a la espalda de Alicia, que vestida con su camisón de franela rosa era el antídoto de la lujuria, pero que todavía conservaba el poder de excitarme. Le coloqué una mano en los pechos y ella se revolvió en sueños. Aquellos pechos poco o nada tenían que ver con los que acababa de admirar, redondos, turgentes, irresistibles; los que abarcaba con mi mano eran otra cosa, ni punto de comparación, pero eran unos pechos al fin y al cabo y su principal virtud radicaba en estar ahí, asequibles.

-¿Qué hora es? -murmuró Alicia adormilada.

-Las tres -respondí- Me vuelves loco -mentí con descaro mientras le acariciaba las caderas a través de la tela.

-Es tarde, vamos a dormir -contestó ella sin darle importancia a mi deseo.

Pero yo no tenía ni pizca de sueño, de manera que introduje la mano por debajo de la franela y recorrí ansioso los muslos con sus incipientes cartucheras, el vientre ligeramente abombado, subí hasta los pechos algo caídos, aunque todavía en su sitio.

-Déjame -gruñó Alicia.

Recordé la escena álgida de la película, en la que los protagonistas consuman su amor en un garaje, dentro del coche. Vi a la rubia desprendiéndose de su tanga rojo, levantándose la falda hasta la cintura, mostrando sus deliciosas nalgas prietas, su vello púbico de oro; a aquel elegido de la fortuna metiendo sus dedos golosos en el sexo mojado y hambriento de la mujer.

Me colé dentro de las bragas de Alicia, hacía un calor deliciosamente tibio, recorrí con suaves movimientos circulares cada una de sus nalgas y pasé un dedo por el canal que las separaba.

-¿Qué te pasa? -protestó.

¿Acaso no era evidente lo que me ocurría? Diez años compartiendo cama y aún necesitaba explicaciones. ¿Es que no percibía la rigidez de mi miembro apretado contra su carne? ¿Hacía falta un certificado notarial para convencerla de mis intenciones?

Lejos de desanimarme, su apatía me encendió más.

La rubia abría las piernas para facilitar las caricias, la fricción del clítoris, y le bajaba la cremallera del pantalón a su pareja para extraerle la verga, se colocaba a horcajadas sobre sus piernas y frotaba el sexo con el suyo.

Alicia no se movió para allanarme el camino, tampoco puso demasiados impedimentos. Me aventuré por su región selvática y encontré la oculta gruta del placer húmeda y acogedora.

-Quiero dormir -manifestó Alicia.

Y como en tantas ocasiones, no le hice el menor caso.

La rubia también había dudado, en el último instante estuvo a punto de arrepentirse, pero las hábiles manipulaciones del galán la persuadieron de inmediato y fue ella la que dirigió el cotarro escogiendo el ritmo, la manera de hacerlo. Aplastaba los labios de su vagina en el prepucio del otro, dejaba que introdujera apenas unos centímetros dentro de ella y luego, malvada y lasciva, se retiraba. El hombre imploraba que le permitiese la entrada, pero ella disfrutaba resistiéndose a la tentación.

-Pues ponte hacia arriba y duerme -le pedí a Alicia.

Ella obedeció resignada, como si correspondiese a un favor que me debía, para que la dejase en paz.

La rubia se desabotonó la blusa y el hombre le arrebató el sujetador para perderse en la esférica tibieza de unos pechos gloriosos, hechos a la medida de cualquier exigencia varonil. Lamía, chupaba, succionaba aquellos pezones maquillados igual que fresones maduros. Quién fuese él, el dichoso mortal capaz de mamar el delicioso néctar del amor en unos cántaros de fina porcelana. Ella volvía a meterse un pedazo de verga un poco mayor, la absorbía con sus labios y la desterraba fuera. El sádico juego se demoró hasta que el pobre hombre jadeó frenético.

-Por favor, por favor, déjame entrar -le suplicaba a la rubia al borde del paroxismo.

Ella, inclemente, prolongó su tortura al máximo y aprovechó el último contacto para provocarse el éxtasis con aquella enloquecedora masturbación, él la acompañó en sus sacudidas espasmódicas y explotó. En un primer plano quedaron recogidas las sucesivas descargas de semen.

-¿Terminas ya? -me interrumpió Alicia.

Le subí el camisón por encima de los pechos. Le quité las bragas, no consintió que le besara la boca y apretó los labios para impedirlo.

-Podrías poner algo de tu parte ¿no? -le sugerí en vano.


Me esforcé por despertar sus instintos, su afecto, pero ella no demostraba ninguna emoción. Le dediqué las mejores flores que se me ocurrieron para regalar sus oídos. La acaricié entera aguardando una reacción positiva. Alicia continuaba ausente. Mi mano se arriesgó en su sexo grande y dilatado, lo recorrí lentamente de abajo arriba, cuando alcancé el clítoris, me apartó la mano con rudeza.

-Sigue durmiendo -mascullé enfadado.

Le coloqué la ropa en su lugar, la dejé tapada y regresé a la sala malhumorado. Justo al encender el televisor, aparecían los créditos de una nueva película: "Chochos ardientes". El título lo revelaba todo acerca de su contenido. Un vendedor de seguros llama a una puerta, la señora de la casa abre, es una mujer de mediana edad, corriente, casi vulgar, viste una bata acolchada que le llega a los pies; deja entrar al hombre para que le explique los beneficios de un seguro de vida y enseguida van al asunto.

Están los dos de pie, junto a la mesa del comedor, el agente de seguros ha sacado una calculadora y un bloc donde anota tarifas, con la mano libre rodea a la mujer por la cintura, ella se inclina haciendo ver que presta atención a los números y le ofrece su trasero amplio y fuerte. El hombre le remanga la bata y le mete mano directamente, le palpa el trasero, le baja las bragas hasta los tobillos y le recorre las piernas. Ella finge que no se entera, pero cuando sus dedos aprisionan el botón del gozo, empieza a gemir y restriega el culo en los pantalones del asegurador, que se olvida de las cifras para desabrochase la bragueta y quitarse los calzoncillos.

La mujer se desprende con urgencia de la bata y su cuerpo se desparrama por la mesa. "Fóllame", le exige abriéndose de piernas, y nosotros masajeamos sus pechos blancos y abundantes; su sexo jugoso se nos ofrece con generosidad, con la punta del glande repasamos sus labios presionando el clítoris erecto y nos sumergimos en las profundidades de un océano de placer decididos, precisos. A cada embestida se derraman sus fluidos que rebosan resbalando por sus carnes lechosas. Gime. Chilla. Reclama más. Aumentamos la fuerza de las arremetidas y ella nos atrae con furia por las caderas provocando que la penetración le alcance la matriz. No nos concede tregua. "Así, hazme daño". Imposible contenerse. Sus piernas sólidas se enroscan alrededor de nuestra cintura y la verga desliza su pétrea dureza entre una cascada de flujo, dentro y fuera con certera precisión, a cada envite los testículos chocan con su clítoris. "¡Oh, eres un auténtico semental! Te siento como un martillo. Lléname de ti". Complacemos sus demandas con una abundante eyaculación que la desborda. "Dame más. Dame más. Tú puedes", jadea suplicante al borde del clímax.
Pero yo no resisto, estoy exhausto, así que delego en el agente de seguros para que complazca su ninfomaníaca avidez. Suda, resopla y logra la proeza de arrancarle un sonoro orgasmo que la deja desmayada en la mesa, con las piernas separadas y el sexo abierto de par en par, rojo y brillante en un medio plano que contemplé entre la bruma del sueño.


La pérdida

Por: Armando Álvarez Bravo



Siempre lo había dicho. El día en que algo de lo que hay en esta casa salga de ella, ya no valdrá la pena vivir. Todo se habrá perdido. Su insólita y final afirmación no era producto de su edad. Los años nada tenían que ver con ella. Desde que tuvo uso de razón y comenzó a apreciar los muebles, los adornos, los cuadros, las esculturas, las cristalerías, las porcelanas, las vajillas y las exquisitas piezas de toda naturaleza que colmaban la vieja mansión vedadense que siempre había sido su hogar, supo que la singular belleza y excepcionalidad de aquellos tesoros acumulados por su familia desde el pasado siglo, constituían la razón de su existencia. Allí, entre aquellas gruesas paredes y tras los ventanales franceses protegidos por elaboradas rejas que se abrían sobre el denso jardín, se había integrado un museo tan fantástico como ideal e insólito, en que coincidían y se armonizaban, junto a exponentes excepcionales del refinamiento criollo y piezas únicas de las más depuradas expresiones de la creación colonial hispanoamericana, las más delicadas manifestaciones del arte y la artesanía europeas. No faltaban, agregando su prodigio a la totalidad, ejemplos deslumbrantes del arte del asiático. El crecer rodeado por estas maravillas determinó su existencia. Así, desde muy niño prefirió el indefinible placer que le deparaba la contemplación, cuidado y estudio de aquellos bienes en la rica biblioteca familiar, a los juegos a los que se entregaban sus compañeros de colegio. Al ingresar en la universidad ya convertido en un notable anticuario, y contrario a lo que podría suponerse, no eligió una carrera centrada en las artes, sino el Derecho. Se graduó con todos los honores y, de inmediato, comenzó a ejercer exitosamente su profesión en uno de los mejores bufetes de la capital, del que no tardaría en convertirse en socio. Cinco años después de graduado, ganó por oposición una cátedra en su facultad. Su intensa y exigente actividad no mermó en nada su pasión por las antigüedades. Por el contrario, las generosas entradas que ésta le proporcionaba le sirvieron para aumentar sus colecciones con piezas compradas en sus viajes a Europa, los Estados Unidos y algunos países latinoamericanos, su asistencia a subastas internacionales, y sus frecuentes recorridos sabatinos por las penumbrosas y colmadas casas de antigüedades de La Habana. Su posición le imponía ciertos compromisos sociales. Los llevaba a cabo con verdadero estilo, pero evitaba los no esenciales para poder dedicar el mayor tiempo posible al disfrute y cuidado del mundo maravilloso que se multiplicaba en su residencia y siempre deslumbraba a los visitantes. Compartía ese espacio encantado con su madre y su hermana. Eran ellas las que con sus cotidianos y delicados cuidados mantenían resplandeciente aquel increíble patrimonio. Ni su hermana ni él se casaron. En un principio, en el ambiente social en que se movían, ese hecho causó un natural asombro. Ambos eran unos prospectos ideales para constituir un hogar y una familia con todas las de la ley. Con el paso de los años, su soltería se aceptó como parte del orden natural de las cosas. Aunque en su caso, no se le dejó de considerar por algunos como algo excéntrico. Otros, le atribuían una vida secreta. Tal combinación ofreció un recurrente tema de conversación a su círculo y, en ocasiones, lo trascendió. En esto tan sólo lo igualaba uno de sus mejores amigos: un soltero oculista, astrónomo y filatélico de primera categoría. La muerte de su madre fue un golpe terrible para ambos. Mitigaron su ausencia irreparable perseverando en su diáfana devoción por los bienes que habían alegrado su vida volcada en la familia y la belleza. Un singular detalle ilustra ese culto filial. Siempre en la íntima cena nocturna se dispuso su puesto en la regia mesa. También, diariamente se renovaban las flores en el suntuoso altar de maderas preciosas cubanas que tenía en su habitación. Ante este venerable y prodigiosamente ornamentado mueble, postrados en su amplio reclinatorio forrado en piel, habían prodigado sus devociones, gratitudes y peticiones varias generaciones de la familia desde sus fundadoras raíces trinitarias. Señoreaba el altar una más que centenaria imagen de la Virgen del Carmen, ejecutada en madera policromada por exquisitos artífices andaluces. Hombre tan responsablemente meticuloso en el cumplimientos de sus obligaciones, como piadoso sin estridencias por convicción y tradición, cuando se retiraba cada noche tras haber dispuesto los asuntos prioritarios del día siguiente y haberse volcado sobre una pieza o entregado a dar una nueva fisonomía al ordenamiento de las que proliferaban en las vitrinas, esquineros, pedestales, mesas y canastilleros, sus oraciones eran una final declaración de gratitud por las gracias recibidas, la fija armonía de su vida y la incalculable dádiva de las maravillas que lo rodeaban. De igual manera, muy consciente de sus dones, siempre rogaba a la Divina Misericordia por aquellos que no eran tan afortunados como él y por las almas de los tantos que no tenían a nadie que rezara por ellos, que es algo que muchos olvidan. Por muchos años, su vida discurrió con la precisión de las mareas. No faltaron en ese decursar inevitables golpes e inquietudes, que son una pisada en el corazón. Pero siempre halló alivio a la adversidad en el acogedor abrigo de la casa y sus múltiples prodigios. El mundo puede ser hostil cuando uno cree que es inexorable. Pero él jamás dudó que podía hacia frente a los problemas, si accedía sin peros a otro universo, a una intimidad y una plenitud al margen del tiempo y las cosas tremendas de la realidad. Para ello bastaba traspasar el umbral de grandes y recias puertas dobles que guardaba la inocencia de la infancia en la eternidad de la belleza única y excepcional a la que se abrieron sus ojos, allí donde la maravilla tenía tanto de evidencia como de encantamiento. La casa en lo alto de El Vedado. Su abrigo, su hogar, su museo prefigurando el paraíso. Cuando la situación política del país comenzó a deteriorarse, coincidiendo con una época de gran desarrollo y bonanza económica, pensó como su familia, sus socios, sus colegas y muchos de sus clientes y amigos, que aquella crisis era transitoria. Cuando en la noche de San Silvestre cayó el gobierno y los revolucionarios tomaron el poder, en su círculo se consideró de igual manera que la vida nacional, a pesar de los reclamos de cambios radicales en la mecánica social, política y económica del país que anunciaban los vencedores, no tardaría en volver a la normalidad tan pronto como estos le tomaran el gusto al poder y sus complacencias. El gusto por el poder de los nuevos mandarines se hizo evidente de inmediato. Pero llevó aparejado un baño de sangre y el que se llenaran las prisiones, que no tardaron en ser insuficientes. También, el incremento de una represión de estirpe asiática que coincidió con la arbitraria nacionalización de la empresa privada y otras medidas draconianas que dieron un vuelco radical al desenvolvimiento que había presidido sus vidas. Sus cuentas bancarias y otros intereses e inversiones que le aseguraban una existencia desahogada, pasaron a las insaciables arcas del régimen. Aquellos que en desacuerdo con el nuevo ordenamiento optaban por marcharse del país, acababan por perderlo todo. Cuando cerraron su bufete, casi coincidiendo con la renuncia a su cátedra, que presentó en rechazo a los nuevos programas y gobierno universitarios de raíz estalinista, sus socios se exiliaron, sin comprender cómo él podía asumir el riesgo de permanecer. Fueron otros más en el incesante éxodo al que el régimen totalitario no tardó en imponer ominosas condiciones y negar reiteradamente. Su decisión de quedarse estuvo determinada por dos razones fundamentales. La primera era que no creía que aquella situación podía sostenerse, para empezar porque los americanos no lo permitirían por su peligrosa cercanía a su territorio, la incautación de sus propiedades, la pérdida de su influencia y la entrega del país a los dictados del bloque comunista en plena Guerra Fría. La segunda, su final rechazo a abandonar su casa y sus preciosos bienes, cuyo destino último, un museo, su hermana y él habían dispuesto y asegurado con una generosa dotación. No podía dejar que el régimen se hiciera de tanta maravilla, lo que equivalía a su destrucción y dispersión. Sentía que era su deber definitivo estar entre sus cosas, aún en las más adversas y antagónicas condiciones, para preservarlas intactas hasta que la libertad y la legalidad volviesen al país. Fueron muchos los que consideraron que su decisión era una locura. Propuso a su hermana que se marchase hasta que todo retornara a la normalidad. Contaba con el suficiente dinero en el exterior para que ella se instalase en los Estados Unidos o en Europa hasta que pasase el temporal. Su hermana se negó. No quería dejarlo solo y se sentía igualmente responsable de lo que llamaba sus juguetes. Su decisión fue igualmente considerada como una locura por sus allegados y amigos ya exiliados o en vías de abandonar el país. Sus vidas dieron un vuelco. Este fue, de alguna manera, más violento para él que para su hermana, porque ella siempre había estado en la casa y cumplido sin sobresaltos un amable ritual doméstico y social, en tanto que él había compartido su pasión por las antigüedades con las exigencias de su profesión, la enseñanza, los negocios y sus diversos compromisos sociales. El súbito cambio lo afectó con sus violentas exigencias, pero la forzosa reorganización de su vida en torno a lo que era lo esencial a su existencia, facilitó su obligada adaptación. Unos pocos amigos, contra toda lógica y presiones, también habían decidido quedarse. Esto hizo que, a medida que aumentaban las dificultades y el encarar los problemas que proliferaban en la cotidianidad se hacía más oneroso en todos los órdenes, las amistades se estrecharan aún más. Constituían un cerrado y extraño círculo de inermes supervivientes que se empeñaban en mantener un estilo y la imagen de un ayer arrasado. Su gran escape lo tenía los sábados. Ese día iba a casa de un amigo diplomático que, como él, se había atrincherado en su casa llena de libros en las afueras. Allí, se reunía un reducido y hermético grupo de viejos amigos. Su conversación fluctuaba entre el comentario sobre los últimos acontecimientos, la especulación sobre las posibles salidas al problema nacional, las dificultades a las que habían tenido que hacer frente esa semana, la evocación del pasado y los ausentes, y la discusión histórica. Salía de aquellos encuentros, cuya realización se dificultaba cada vez más por problemas de transporte, con una ilusión de normalidad que no tardaba en desvanecerse. Muchas veces se dijo a sí mismo que los que integraban ese grupo eran fantasmas encandilados por sus propias fantasmagorías y el peso de una realidad implacable. La escasez se impuso vertiginosamente en sus vidas. La mitigaba adquiriendo lo que necesitaban en el mercado negro. Esa riesgosa solución clandestina no siempre era factible. Por una parte, los suministradores carecían cada vez con más frecuencia de los bienes imprescindibles, lo que incrementaba su ya elevado costo, y por otra, los controles policiales eran más estrictos. Ese inexorable estilo de vida repercutía en la ceñida economía de los que la llevaban, aunque sus gastos básicos se concretaran a la adquisición de alimentos y de alguna que otra cosa imprescindible al desenvolvimiento doméstico. Dos veces o tres veces a la semana, una vez que había obtenido el codiciado turno de acceso, bien tras hacer una interminable cola o comprarlo, su hermana y él iban a comer con algunos amigos el estricto menú que ofrecían los mermados restaurantes capitalinos. Otro hecho aumentó su abatimiento. Observó con dolor y tristeza crecientes como eran cada vez más los integrantes de su círculo que se sostenían vendiendo piezas preciosas de su patrimonio. Muchos, que ya no soportaban más los asfixiantes rigores que pesaban sobre ellos, se reducían o procuraban la salida del país, ofreciendo sin peros sus residencias y bienes a altos funcionarios y organismos del régimen. Eran inermes víctimas otra vez. Ahora del saqueo que llevaba a cabo una nueva clase a la que obsesionaba poseer unos lujos que eran el emblema de un pasado que condenaban los poderes totalitarios que sustentaban. Cuando murió la vieja sirvienta que había compartido sus vidas y que sepultaron con dolor en el panteón familiar, se vieron precisados a hacerse cargo de todos los quehaceres. El esfuerzo fue muy oneroso, aunque contaban con una asistenta que venía dos o tres veces por semana a ayudarlos y que demandaba de ellos una constante supervisión para evitar que rompiese sus más frágiles piezas. Así, tanto él como su hermana tuvieron que hacer frente a una frustrante y demoledora rutina que consumía agotadora gran parte del día en interminables colas para obtener, si llegaban, las paupérrimas cuotas de alimentos. Cada día que pasaba, la calidad de sus vidas se degradaba más a pesar de sus esfuerzos por mantener el pudor y la integridad de un estilo. Esa disminución no dependía estrictamente de la falta de bienes de consumo ni de aquello imprescindible para mantener la casa y satisfacer necesidades de toda índole, ahora un verdadero lujo. A ese angustioso agobio se sumaba inflexible e inexorable el agresivo antagonismo del régimen hacia aquellos que no se doblegaban a sus designios. Sujeto a esa vida en crítico estado de sitio, tan sólo encontraba un precario respiro en su asistencia a la iglesia, las cada vez más distanciadas visitas y la dedicación, venciendo el agotamiento tenaz, al cuidado de sus antigüedades. La salud de ambos se resintió y su atención demandó nuevos esfuerzos. Ese desgaste, precipitado por la edad, las preocupaciones, el sufrimiento y los muchos años de ingratos esfuerzos, sobresaltos y carestías, precipitaron la enfermedad de su hermana. Falleció al cabo de cuatro agónicos meses en que él hizo lo imposible para contrarrestar la deficitaria atención médica y hospitalaria a la que se vio sometida. Tras el sepelio, rechazó con gratitud y delicadeza la oferta de compañía que, para ayudarlo a sobrellevar los primeros momentos de la pérdida, le ofrecieron. No quería abrumar a nadie con su dolor y, por otra parte, no era capaz de imponer a la solidaridad entrañable, una carga más en medio de la crítica situación imperante. Ahora, su vacía casa era más honda y reinaba en ella un silencio unánime. Estaba definitivamente solo. Algunos de los pocos íntimos que le quedaban y sabían que disponía en el extranjero de lo suficiente para pasar de una manera más amable los últimos años de su vida, le aconsejaron que se marchara. Le aseguraron que cuando planteara su deseo de irse del país a los funcionarios y los organismos que rondaban con avidez su casa llena de prodigios, todo se le viabilizaría. Que no tendría que padecer las demoledoras agonías derivadas de esa decisión. A pesar de la lógica de tales razonamientos, no se sentía capaz de abandonar el colmado recinto en que había transcurrido toda su vida. Su soledad hizo más ardua aún su existencia. Para mitigarla se dedicó a la confección de un pormenorizado catálogo de sus antigüedades. Era una labor tan inmensa como compleja, pero al concentrarse en su ejecución, llegaba a un estado tal de concentración que olvidaba la hostilidad y el rigor en que vivía sumido. Así, perdió cuenta del paso del tiempo. Sin embargo, los crecientes e inevitables embates a que estaba sometida su existencia hicieron mella en su salud. Comenzó por experimentar un tenaz decaimiento físico. La ceñida dieta impuesta por el racionamiento y las comidas que ocasionalmente podía hacer en un restaurante siempre le sentaban mal. Se dio cuenta de su pérdida de peso por la ropa, que ahora parecía colgar de su cuerpo. Su piel adquirió un color enfermizo. Las náuseas y los vómitos aumentaron su frecuencia. Recurrió inútilmente a remedios a su alcance. Cuando su malestar se hizo intolerable, visitó a un médico amigo y contertulio sabatino que atendió a su madre y su hermana. Gracias a sus contactos, éste logró que le hiciesen una serie de investigaciones reservadas a los privilegiados del régimen. El diagnóstico fue terminante. Tenía cirrosis. No viviría más de dos meses. Preguntó al médico qué tiempo demoraría en quedar incapacitado por la enfermedad. Este le respondió que escasamente unas cuatro o cinco semanas. ¿El dolor?, preguntó entonces. Llegará un momento en que no podrá evitarse por falta de las drogas, tratamientos y medicamentos adecuados, fue la respuesta. Tras despedirse al cabo de un minucioso diálogo sobre su estado y su inevitable evolución, se encaminó a la iglesia y se sentó solitario en un banco apartado. Apenas pudo rezar. Al regreso a su casa, abrió una botella de coñac y comenzó a beber a pesar de que sabía le haría daño. El malestar que experimentó le impidió terminar la segunda copa. Tomó un fuerte analgésico y cuando sintió cierto alivio, se puso a examinar sus piezas favoritas. En la madrugada, el voraz incendio y el atronador despliegue de los bomberos y la policía despertó al barrio. Nada quedó de la casa ni de las maravillas que albergó. Cuando los equipos de rescate pudieron finalmente acceder al interior de la residencia, hallaron su cuerpo calcinado en el despacho y determinaron que el incendio había sido intencional. El médico, el diplomático y aquel otro excéntrico amigo oculista, astrónomo y filatélico, recordaron sobrecogidos que él había asegurado que si algo tenía que salir de aquella casa, no valdría la pena vivir. Ninguno lo juzgó.


Wednesday, April 20, 2005

Fe de ratas

Por: Lourdes Beatriz Arencibia Rodríguez



Los sucesos paranormales ya no estaban de moda, pero en el corazón de un barrio de urbanización sólo para violentos, con la boca tirando a sonrisa y el estómago a nostalgia, Amparo había decidido iniciarse de prostituta ese preciso verano con vocación de monja visigoda aspirando a no tener que pararse nunca de aquella butaca que alguna vez había sido "de estilo" en la que por decisión propia y aunque no tenía ningún impedimento físico de locomoción, hacía dieciocho años que permanecía sentada.

No era todavía antañona, ni tenía mala pinta y aún en aquella insólita postura no le habría sido tan difícil recuperar la vieja rutina de la ofrenda en un sentido ortodoxo, a no ser porque una inesperada e inoportuna radical de mama la había dejado a los veinticuatro abriles liada en el capote de paseo con una pavorosa cicatriz que le cruzaba de lado a lado la hondonada donde antes tuvo generosas tetas y punzantes protuberancias. Era ilusorio desconocer que en cualquier código de tránsito aquello era una señal inequívoca de "PARE". Pero Amparo la Sentada había oído decir muchas veces a Padre que no había mujeres feas sino sólo con bajo nivel de alcohol en sangre y entre otras cosas, tenía hambre de futuro. Estaba pues, dispuesta a dedicarse con rogativa, trisagio, motete y letanías como quien promete una novena a San Aniceto, a una de las actividades que se habían convertido junto al robo, las drogas y el juego en iconos de su generación, aunque fuera en dosis homeopáticas.

Experiencia con el sexo tenía de sobra. Siendo todavía una adolescente de secundaria, nunca faltaba a la cita con las mamandurrias de Guajimico –el guajiro con cara de mono, vendedor de los cárnicos del puesto, que solía asecharla todas las mañanas en la escalera de la ciudadela donde ambos vivían y rápidamente le convertía la blusa del uniforme en una verbena de manchas de chorizo y huellas dactilares para envidia de sus condiscípulas.

-Siéntate aquí un ratico que siempre bajas como un condenado reguilete- , le susurraba insinuante el guajiro con la diligencia de sus apremios matinales, tratando de extender los espasmódicos masajes de las redondas certezas de Amparo a otras zonas de su geografía y la chica le dejaba hacer para marcar no tanto la confirmación del deseo, como la superioridad de su manejo.

-¡Qué pejiguera la tuya, suéltame ya!- fingía que forcejeaba la otra con un indisimulado rejuego de entregas y complicidades, escabulléndose escaleras abajo cuando menos se pensara con los pezones como garbanzos y una risa que amenazaba con volverse de permanente cosquilleo debajo del ombligo.

El jolgorio con Guajimico empezó a parecerse demasiado a la producción de butifarras . De suerte que cuando al fin, la policía se lo llevó preso por prenderle fuego a la colchoneta fumando mariguana, Amparo se alegró porque por lo pronto no la dejaba preñada - ¡Quizás llegue a parir un hijo cuando caduque la "libreta de racionamiento"!- le decía, pero aunque la había perseguido hasta el catre, Guajimico no duró ni tres asaltos encaramado en el caballo. Lo vio pasar con la trastienda vacía, impávida y desaprensiva, sin moverse del sillón adonde una andanada de violencia verbal de la concubina de Padre la había momentáneamente confinado:

¡Ese no sale más del tanque! ¡Y no me ensucies el piso que se nos va el agua y lo acabo de baldear! ¡De contra que está negro de churre con tanta mierda como dejan los puñeteros gallos de tu padre! –. La gritería no la dejaba pensar bien en los próximos posibles aspirantes a la escalera y ese proyecto fue la mejor manera que halló de decir adiós a Guajimico. En la barriada había por lo menos una decena de sementales que merecían matrícula, pero ¡ya habría tiempo de abrirles un expediente cuando llegue el momento! Mejor irse ahora al cine, su pasatiempo favorito en segunda bancada.

Aunque la primera parte de su vida había transcurrido asfixiada en la niebla cultural de su medio, el diálogo con la pantalla había sido siempre para Amparo una suerte de mágica experiencia que la conectaba muy fuertemente en viaje de ida y vuelta con su propia filmografía. También de cara al público que llenaba noche a noche la carpa del circo "comunitario", se había acostumbrado a ver a Padre enfrentar la vida con rostro de payaso en un ejercicio de malabarismo que tenía mucho que ver con su afición cinéfila. Por muy divergentes y ficticias que en apariencia fuesen ambas historias, los desenlaces eran los mismos y marcaban los conflictos de su generación en ese otro escenario material donde sobrevivían, la mayoría de las veces para confirmarlos y no para refutarlos, cuando más para envejecerlos súbitamente de cara a una realidad que solía hacer muchas menos concesiones a sus protagonistas.

-¡De película! solía decir con la lucidez que daba el saberse parte de la pelea cuando al filo de la medianoche regresaba a la casa con la proporción, la cautela y la concreta ambigüedad de alguien a quien Chaplin le ha contado la verdad de los cuentos. –Cuando uno sale del cine, aún sabiéndose contra las cuerdas, todo parece mejor- pensaba.

A principios de septiembre, por complacer a Padre, Amparo se matriculó en un curso de Instructores de Arte. Y también por aquella época, el viejo empezó a traer a la casa a un italiano de nombre Marco, a quien conoció en la calle. Hacía algún tiempo que había venido a dar a Cuba desde Sao Paulo, más precisamente desde una "strada" de nombre tan poco italiano como la Rua Haddock Lobo donde en el número 1644, funcionaba un restaurante de cocina mediterránea en el que trabajaba que se llamaba Fasano, como su pueblo natal en la región de Puglia. –Il mio "paese"- como decía, alargando voluptuosamente el diptongo. Enseguida, hizo buenas migas aunque de distinta manera, con los tres miembros de la familia: Amparo, la concubina y Padre.

Marco no tenía amigos, sino intereses, dos cosas que sólo suelen tener en la vida coincidencias puntuales . Como casi todos los italianos sabía hacer pasta, lo cual era una gran ventaja en un país donde la pizza y los spaghettis se habían convertido en pocos años en los platos de mayor demanda nacional. De manera que sus aspiraciones de abrir un "paladar" en Centro Habana con tiempo y un algo de suerte, no resultarían del todo descabelladas sobre todo si era clandestino y mejor si se lograba ambientar para ese propósito, algún recoveco de la ciudadela que no quedara demasiado a la vista de la policía.

El pugliese tenía un gran espíritu empresarial y alguna instrucción, y para ganarse la simpatía de la juventud farandulera del barrio y especialmente de la familia de Padre, se autopropuso para cooperar en un "proyecto cultural" de la comunidad.. Lo primero que trajo -para que se fueran haciendo una idea del lugar de donde les vendría la pizza- fue un gran cartel a todo color que hablaba de Fasano, "una "villeggiatura" de unos 40,000 habitantes, o sea, más o menos tantos como los de Centro Habana...

-¡Bueno, no exactamente los mismos! ¡Fasano era en Italia, capito! ¡en medio de una región toda plantada de olivares a 5 km del Adriático y a otros 5 de las colinas de Puglia...! El italiano estaba señalando un punto imaginario del planeta porque después de todo, el cartel de marras lo que anunciaba era el Fasano de Brasil...

-Allá, mi familia tiene una casita en la colina y mis hermanos que son 7, un bote para salir a pescar...

La concubina de Padre asistía arrobada y dijo que mucho le gustaría ir a Italia. A nadie, ni siquiera a Marco y salvo al viejo, llamó la atención el comentario, entre otras cosas porque en este lugar se da por descontado que en presencia de cualquier extranjero, alguien debe siempre "concientizar" la idea de viaje. Curiosamente, Padre lo miraba con tanto enojo que el otro no juzgó necesario decir más nada y plegó el anuncio.

En el cine de la barriada estaban exhibiendo La Strada de Federico Fellini, con Giulietta Massina y Anthony Quinn en los roles de Zampanó y Gelsomina, por lo que un rato después, Marco y Amparo se besaban y exploraban mutuamente en la oscuridad. De camino a la escalera se tropezaron con Padre que aún con la ropa de payaso les cortó prácticamente el paso. Por poco se mueren del susto cuando se les apareció aquel rostro enharinado de expresión casi siniestra. Se separaron sin decir palabra.

-Amparo, ¿qué te parece si le preparamos como grupo una función sorpresa a Padre el domingo?- dijo el italiano a media semana, irrumpiendo en el patio de la ciudadela donde solían reunirse los talleristas del proyecto cultural comunitario. Llevaba un papel en la mano.

-Tú serás Gelsomina y yo Zampanó. He encontrado un texto de Raúl Hernández Novás , que es ideal para eso. Lo podemos montar en la carpa como parte del programa. El administrador no se va a oponer. Díganme algo ustedes- y escrutaba el rostro de los demás buscando consenso.

La iniciativa cuajó y comenzaron los ensayos con la discreción máxima que podía pedírsele a la ciudadela. Padre por el día ocupándose de los gallos y por la noche en el circo, no tuvo mucha oportunidad de enterarse y la concubina no iba a perder por tan poco pedido el favor de Marco.

A Amparo/Gelsomina los payasos la ponían nerviosa. La primera impresión que le producía mirarles de cerca la cara era de pánico, aunque fuese la de Padre y ahora la suya. Y oírle reír le daban ganas de salir corriendo. De pie frente al espejo de maquillaje, dibujó rápidamente los contornos de un trébol donde debía ir una lágrima y huyó del cristal para no seguirse mirando, con la certeza de haberse librado de una alucinación.

Padre prácticamente la ignoró cuando fue a situarse en el centro del ruedo de la mano de Marco/Zampanó. Tampoco pareció escucharla cuando comenzó a recitar:

"El me ha dicho que todo sirve, Todo, para algo: las estrellas infinitas que brillan y esta oscura piedrecita que he recogido, Zampanó, del lodo.

Yo soy como esta piedra, o como el fondo, para siempre vacío, de botella, que brilla roto y entre el lodo hondo responde a la sonrisa de la estrella.

¿Por qué no me echas, bruto, del camino, pateando la piedra a tu capricho, y no te vas con las demás mujeres? ".

Sin dar tiempo a nada, Padre se lanza al ruedo, echa a un lado bruscamente a Gelsomina e increpa a Marco con voz rajada más allá de la afonía:

"¿Qué hay en tu cabeza? El Loco vino en la noche de estrellas y me ha dicho... Zampanó, ¿tú me quieres? ¿tú me quieres?"

Amparo intentó calmarlo. Pero el viejo estaba como poseído. Gritaba, gemía casi abrazado al italiano

No se trataba de comprobar con escalera y lupa el significado real de aquella desatinada intervención recibida en estado casi puro con la última estrofa del poema. ¿Pero qué puede sentir una joven de 23 años la primera vez que se percata de que su padre tiene reacciones claramente homosexuales y que además, está loco de celos por causa suya? ¿ Y qué esperaba de ella el viejo, un comportamiento de inteligencia o la inteligencia del comportamiento?

Restablecer el equilibrio de aquellas cuatro vidas no fue fácil. Marco y la concubina trataron de sacar adelante el paladar aunque hubo que cerrarlo poco después por la presión de los inspectores. Padre se pasó semanas enteras sin ir al circo, ni apostar a los gallos. Se diría que le abochornaba asumir su identidad. Y aunque Amparo trató de convencer a los suyos de que todo había sido una actuación para olvidar, ya la otra le estaba advirtiendo:

-¡Eso te crees tú..!

El extranjero desapareció un día de la barriada y las malas lenguas dicen que de paso, se llevó a la concubina de Padre a Italia para llevar a cabo, en Fasano, el proyecto de la pizzería. Un año más tarde, Amparo ingresó de urgencia en el hospital para una amputación de mamas.. Al principio, el viejo la sustituyó en la cilindrada de la escalera con el brío de una liberación finalmente alcanzada. Y meses después, sin pujas gremiales, llegaron a alternarse los recuentos del otoño y las calenturas de la primavera sin que ninguno de los dos estimara que el otro iba a arañarle los escalones.

Y así fue que aquel preciso día de marzo, frente al Malecón de La Habana fondeó el Maraveli, el misterioso buque que siempre se aparece por Semana Santa desafiando tornados en las aguas del océano Pacífico. Según la leyenda, quien se atreva a mirar los fuegos de San Telmo que se encienden en su palo mayor, queda ciego de inmediato. Como por Gabriel García Márquez sabía que un buque así había encallado junto a la iglesia de un pueblo colombiano ante los despavoridos ojos de sus habitantes, Amparo corrió a alertar a Padre, al cura, al babalao y al del Poder popular, con la esperanza de que si la nave llegaba a alcanzar las puertas de la ciudadela los capitanes Fokkeque y Van der Dekken quedarían prendados de los atractivos de su escalera. Así se llamaban los holandeses condenados a errar por los mares hasta que hallasen una mujer capaz de serles fiel y a navegar además eternamente, por hacerse a la mar un Viernes Santo y pactar con el diablo.

Respondiendo a las señales de las autoridades del puerto, los rubios capitanes ataviados con sus pintorescos y apolillados uniformes se disponían a bajar a tierra, muy solemnes y circunspectos, para saludar a la gente que ya se estaba colocando a ambos lados del trayecto hacia la iglesia y asistir al servicio religioso que oficiaría el cura auxiliado por el babalao con el ceremonial que corresponde a herejes célebres.

El holandés Van der Dekke llevaba un gallo giro bajo el brazo. Presuntamente, lo había canjeado hacía poco en una comunidad indígena de la Sierra de los Haitises cuando el Maraveli maniobraba para presenciar el apareamiento anual de las ballenas jorobadas sin poder evitar encallarse en la península de Samaná, del vecino Santo Domingo. Su amaneramiento era evidente.

Dicen que los homosexuales hablan entre sí un lenguaje secreto con los ojos comparable al de las mujeres con los abanicos y que se identifican y se concertan sólo con mirarse. Nadie sabe cómo ni en qué momento Padre y Van der Dekke se pusieron de acuerdo. Pero al llegar a la casa, el viejo hablaba de echarle el gallo cenizo al giro del holandés, y decía además, que el visitante estaba dispuesto a improvisar una valla en la cubierta del buque y que la pelea sería con los dos solos, sin testigos, a la fantasmagórica claridad de las estrellas tan pronto terminara la ceremonia en la que la batería de La Divina Pastora dispara el fogonazo de las nueve en el castillo de los Tres Reyes del Morro.

-Bueno, decía Amparo, entretanto yo puedo ir entablando relación con Fokkeque en la escalera ¡Quién sabe si el destino de Padre y mío es partir juntos, ni más ni menos libres, a navegar por esos mares..!

-¡Ese buque esta deshabitado, Amparo! advirtió de nuevo el barrio. La aludida reaccionó casi con desprecio. -¡Claro que no podían verlo si se ponían a mirar de frente al Maraveli! ¡Deja que se produzcan los milagros!-.

Sin embargo, un extraño sentimiento empezó a avanzar desde lo oscuro como clave y no como carga en el principio y fin de los secretos, pero Padre parecía muy seguro cuando metió al cenizo en la bolsa de tela de saco con agujeros por ambas caras, se la colgó al hombro y dijo a la muchacha: -Espéreme aquí sentadita m’ija, que paso a buscarla a la media noche. Yo también creo que nos vamos...- y salió presuroso. -¡Aún ni no volviese a verle..!

Tarde en la madrugada llamaron a la puerta de Amparo para entregarle en una caja de zapatos lo que había quedado del viejo. ¿Ajuste de cuentas por deudas de juego en la siniestra valla...? Nunca se sabría a cuánto se elevaron las apuestas en cubierta, ni en qué moneda el holandés le cobró la coima. El buque fantasma desapareció como mismo había aparecido, deslizándose mar afuera sin hacer ruido y a oscuras haciéndose invisible a las luces del faro.

Amparo la Sentada lleva años en la misma postura. Le va bien de prostituta. Como no tiene tetas, se rapa la cabeza y pasa por travesti. A los cuarenta y dos años, se parece cada día más a Padre. Así de pronto, se diría que es la misma persona. Pero los sucesos paranormales ya no están de moda.


Monday, April 18, 2005

Leyenda a las puertas de una sala del museo de arte moderno

Por: Mauricio-José Schwarz



Sadoc era más que un tatuador. Era un artista del tatuaje.
Se veía a sí mismo como un Gaugin, ignorado, despreciado, exiliado en las lejanas islas de un archipiélago de la sociedad que ni le satisfacía ni le asfixiaba. Simplemente lo dejaba ser, ignorándolo salvo cuando, ocasionalmente, algún tipo rudo llegaba pidiéndole sus servicios, generalmente un corazón, un nombre o la figura de una mujer desnuda en simple color azul. Eran tatuajes baratos y se veían baratos. Pero él trataba de afinar en ellos su técnica, de experimentar y de demostrar que era mejor, aún por las míseras cantidades que le atraía su oficio. A diferencia de Gaugin, no estaba, empero, sumido en la miseria. Él no tendría que trabajar en las cuadrillas suicidas de Ferdinand de Lesseps para abrir un canal en Panamá. Tenía una modesta fortuna. Cuatro edificios de departamentos cuyas rentas le permitían no sólo vivir con desahogo, manteniendo sus consumos a un nivel en extremo modesto, sino reunir una suma respetable en monedas de oro celosamente guardadas en una caja de seguridad bancaria. Para pasar el tiempo administraba sin mucho interés un pequeño establecimiento de libros viejos en uno de sus edificios, un sitio oscuro, ubicado en un callejón casi ignorado cerca del centro de la ciudad de México. La librería comunicaba con un departamento amplio y cómodo, sin lujos, pero sin duda muy superior a lo que uno habría podido suponer juzgando a partir de la fachada. Rentaba también otras accesorias a comerciantes maltrechos, que apenas sobrevivían. Una mujer que vendía yerbas medicinales, un taxidermista que siempre estaba atrasado con la renta, un relojero casi arruinado por el avance irrefrenable de la electrónica y, en la esquina, una anticuada sedería siempre impregnada del olor de antiguas máscaras de cartón que ya jamás habrían de venderse.
Sadoc se reunía una vez al mes con su contador y cobrador, en un despacho que él mismo le rentaba, hacía cuentas y pasaba al banco a depositar. El resto del tiempo, en el mostrador de su librería, dibujaba. Dibujaba constantemente, siempre sintiendo el lápiz ajeno a sus dedos, añorando el tacto de las agujas para tatuar.
En una ocasión, entre sus miserables clientes sin gusto y sin dinero, había destacado un personaje desusado, un estadounidense de origen chino que deseaba un tatuaje singular. Se trataba de un león-dragón, como los que guardan la entrada a la ciudad prohibida de Pekín. El hombre, en mal español, le había preguntado si acaso él tendría la habilidad necesaria para hacer un trabajo así, y le había mostrado un grabado exquisitamente elaborado, multicolor, fantástico e inspirado a la vez, de raíces antiguas, pero indudablemente con influencias contemporáneas.
El extranjero estaba reticente, desconfiando acaso de lo que había sido una recomendación casual. Pero Sadoc sabía que era perfectamente capaz de reproducir el grabado con toda fidelidad, adaptándose a los pliegues de la espalda del hombre, a los suaves valles que rodeaban a sus omóplatos, a la serpiente en bajorrelieve de su espina dorsal. Entusiasmado, casi le rogó al hombre que le permitiera hacer el trabajo, aunque no lo pagara. El chino mencionó algo de los tatuajistas de San Francisco. Sadoc los consideraba artistas menores, artesanos hábiles nada más. Le habló, le mostró fotos de algunos trabajos. Al fin lo convenció. El hombre volvió a su país con un maravilloso león en la espalda.
Dos años después, el león llevó a un nuevo cliente al establecimiento de Sadoc, donde éste hacía unas cuentas en su mostrador, bajo el letrero, siempre incómodo en la librería, que anunciaba "Se hacen tatuajes".
Buenas tardes, ¿el señor Sadoc? —preguntó una voz aguda e insegura.
Sadoc levantó la vista y no alcanzó a abarcar con ella a la colosal figura que estaba ante él. Era un hombre de dimensiones impresionantes. Llamarle gordo hubiera sido subestimarlo, insultarlo. Era gigantesco. Su circunferencia era tan asombrosa como su estatura. Casi dos metros de hombre llevaban a su alrededor el atroz esferoide de grasa que lo cubría. Vestía una camisa enorme, de cuyas mangas cortas surgían como dos lechones los brazos rosados. Sadoc tardó un poco en darse cuenta de que el hombre era además rubio y extremadamente blanco.
Yo soy, ¿en qué puedo servirle? —respondió al fin Sadoc tratando de ocultar su asombro y dando un plumazo final al cuaderno en el que estaba trabajando, como si hubiera estado considerando la parte final de un cálculo complicado antes de atender a su visitante. Fue un débil intento. El hombre se había dado cuenta claramente de la impresión que había producido en Sadoc.
¿Usted es el tatuador? —preguntó Víctor, acostumbrado a evocar esa reacción de sorpresa en quienes lo veían por primera vez.
Sí, yo soy —admitió Sadoc.
Bien. Mire, quería hablar con usted porque sé que es un excelente tatuador ¿o se dice tatuajista?
Artista del tatuaje es lo correcto —aclaró Sadoc con cierto orgullo evidente.
Usted perdone, pero no estoy familiarizado con los términos. Como fuere, he tenido la oportunidad de ver un trabajo de usted, un león chino que hizo para un amigo mío hace un par de años, ¿lo recuerda?
Sadoc lo recordaba bien. Por primera vez había podido utilizar todos sus colores, su habilidad, sus instrumentos y su genio creativo en el tatuaje del chino. Asintió silenciosamente.
Quisiera un pequeño trabajo, pero con la misma calidad. Aquí. —Con modestia el gigante se desabotonó la camisa exhibiendo un pecho lampiño que desafiaba a la expresión. La suya era una gordura cultivada, cuidada. Sólo había dos pliegues pronunciados bajo lo que sólo podía describirse como sus pechos. Lo demás era una planicie inmaculada y blanca, extensa. Se señaló con un dedo el lugar bajo el cual, profundamente enterrado bajo la capa de grasa, se hallaba su esternón.
Sadoc no pudo ocultar que lo miraba con demasiada intensidad.
Quisiera una reproducción de esta pintura —dijo después de unos segundos la aguda, paradójica voz del gigante. Del bolsillo de la camisa extrajo una postal con la imagen de un búho. Sadoc la reconoció de inmediato. Era una figura del panel central del Jardín de las delicias del Bosco. Un búho gordo, lo que no dejó de notar el tatuajista.
Por lo visto es usted un amante del arte. Un detallista —comentó Sadoc.
¿Lo conoce? —preguntó genuinamente sorprendido el obeso personaje.
Por supuesto. El Bosco es uno de mis pintores favoritos, y el tríptico lo conozco como la palma de mi mano.
Ya me imaginaba que usted era realmente un artista. Disculpe, ¿no tiene una silla sólida que me pueda permitir? Me resulta muy fatigoso permanecer en pie.
Espéreme un momento. Déjeme cerrar y pasemos a mi departamento. Así podemos sentarnos y hablar con calma.
Mientras cerraba las puertas de la librería, calculando que su colosal visitante seguramente había maniobrado con bastante cuidado para entrar al local, Sadoc pensaba en la forma de hablar del individuo. No parecía mexicano. Su español era fluido pero un tanto teatral: "me resulta muy fatigoso". No tenía acento identificable, empero tenía un aspecto y un trato desusados, y no sólo por su apabullante volumen. Sadoc pensaba a toda velocidad.

Ya instalados en el departamento de Sadoc, el hombre se presentó como Víctor.
¿Usted es mexicano? —se atrevió a preguntar Sadoc.
Bueno, en cierto modo sí. Nací en el norte y mis padres me llevaron a Europa muy pequeño. Luego mi padre se vio precisado a ir a Nueva Zelanda. Estuvimos un tiempo en Birmania, en Japón y finalmente en Estados Unidos, en San Francisco. Pero al morir mis padres, porque los dos murieron en un accidente de carretera, decidí volver a México. Y, como no tengo parientes, me dediqué a ir de aquí para allá, viajando, repitiendo el itinerario de mi infancia pero tratando siempre de mantenerme al tanto de los acontecimientos de aquí y de no olvidar el lenguaje. Finalmente me ubiqué aquí hace diez años. En fin... ¿cuánto me va a cobrar por el trabajo? —preguntó volviendo de pronto de su ensueño memorioso.
Bueno, eso lo veremos después. ¿No gusta un café? ¿Un refresco? ¿Unas galletas?
Café no. Me causa un mayor esfuerzo al corazón... y tengo que cargar con esto —se señaló con un movimiento de la mano, un pase como el que realiza un mago sobre el sombrero del cual ha de extraer algún prodigio—. Pero sí un refresco... y si tiene galletas...
Sadoc entró a la cocina. Trató de ordenar sus ideas. Víctor no se veía rico. Su camisa era vieja, y sus pantalones mostraban un prolongado uso. No llevaba joyería fuera de un barato reloj digital en la muñeca izquierda.
¿Por qué el búho del Bosco? —preguntó Sadoc al volver—. No es que quiera meterme en lo que no me importa.
No, no se aflija. Es una pieza menor de una obra maestra. Sería un tatuaje original. Le seré sincero —dijo en un arrebato—. Tengo algunos problemas singulares, de salud y de dinero. Ya se imaginará que a un hombre de mis características le resulta en extremo difícil hallar un empleo a modo. He decidido volver a los Estados Unidos, a ver si puedo trabajar en un sideshow. Usted sabe, esos carnavales que se ponen a un lado de los circos con mujeres barbadas, enanos y cosas así. Pero el Bosco siempre me ha gustado y... siempre he querido tatuarme. Aquí está muy mal visto, pero en los Estados Unidos se le considera una especie de arte. Allí un tipo tatuado lo puede atender a uno en un banco y nadie se escandaliza. Y si empiezo así y voy coleccionando un tatuaje aquí y otro allá con diferentes artistas, sería la mezcla perfecta: el hombre tatuado y el gordo del circo. Dos freaks en uno, dos monstruos, de los que no somos como los demás. Quise comenzar con usted porque hace un año vi a mi amigo, Charles Li, y me mostró su magistral tatuaje. Y es muy probable que ya no vuelva jamás a México, así que, ¿por qué no llevarme un recuerdo extraño como una figura del Bosco tatuada en el pecho? Yo soy extraño. Mi vida es extraña. Todo el mundo se da cuenta de eso.
Hablaba y comía sin interrupción. Sadoc le pasó la caja de galletas. Su impresión era real: el hombre no tenía dinero.
Pero, ¿por qué puede querer una reproducción un hombre como usted? —dijo al fin Sadoc.
¿Como yo?
¿Se ha visto usted al espejo? No, no me refiero a como lo ven los demás. ¿Sabe lo que es usted? ¿Su cuerpo?
Bueno, yo...
Es materia prima. Es un muro, una fachada en la que puede plasmarse el más asombroso mural que nadie se haya imaginado. Es la tierra fértil en la que puede echar semilla el trabajo, la capacidad, la imaginación y la depurada técnica de un artista. Piense: cada centímetro cuadrado de su piel cubierto de tatuajes maravillosos, todos originales. Mire esto.
Le entregó a Víctor un álbum de fotografías que mostraban tatuajes espléndidos: manos con los huesos delineados, senos floreados, rostros con las mejillas exquisitamente recubiertas de filigrana. Un álbum que haría palidecer al hombre ilustrado del cuento.
¿Usted ha hecho estos? —preguntó Víctor.
¡Por supuesto que no! Son trabajos menores. Se les considera lo mejor de los artistas del tatuaje de oriente y occidente, pero son apenas jugueteos menores, piezas artesanales sin imaginación. Muchas de ellas realizadas más para escandalizar que por un interés estético. Ahora vea.
Un cartapacio lleno de hojas fue a dar a las manos de Víctor. Las empezó a mirar.
¿Y éstas?
Son bocetos, trazos, diseños, sueños. Es lo que yo puedo hacer. Lo puedo hacer con usted. Tatuajes como nunca nadie los ha visto. Yo lo puedo convertir en la obra de arte ambulante más asombrosa del mundo.
Pero... eso debe costar mucho. Yo no tengo dinero, ya le dije, y...
Eso se puede arreglar —aseguró Sadoc.
Ante la perspectiva, Víctor se quedó azorado. Un trozo de galleta colgaba de su labio, dejando caer migajas que rebotaban en su amplísimo pecho.

Sadoc y Víctor parecían hechos el uno para el otro. El acuerdo al que llegaron fue rápido y bastante satisfactorio. Sadoc había convenido en darle comida, bebida y alojamiento a Víctor, lo cual sin duda no haría mucha mella en el modesto tesoro acumulado por el tatuajista. Un precio justo. Pero también tendría que proporcionarle compañía femenina, frecuente y variada, a la mole de carne que había acordado en convertirse en su capilla Sixtina viviente. Esa tarea era desagradable y, esperaba Sadoc, difícil. Sólo por un pago sustancioso alguna prostituta acordaría pasar la noche junto a esa montaña humana.
Pero al paso de los días Sadoc se dio cuenta de que no había problema. Hizo un discreto trato con un salón de masajes y cada vez que Víctor expresaba su deseo, le enviaban a una mujer discreta y profesional.
La librería cerró por tiempo indefinido.

Durante varias semanas, Sadoc trabajó midiendo, fotografiando y calculando al hombre a la vez que bocetaba con furia, adaptando las imaginaciones de toda una vida, realizadas con la absoluta libertad del que sabe que nunca se verá obligado a llevarlas a la práctica, a las dimensiones exactas de Víctor.
La mayoría de los tatuajes de cuerpo entero —explicaba Sadoc ante el eterno asombro de Víctor—, son un grosero amontonamiento de los más variados temas. No conforman una unidad. Con frecuencia parecen completos simplemente porque algún artesano torpe, incapaz de generar ideas originales, rellena los espacios vacíos entre una y otra imagen con plastas de color. Lo que haremos contigo es crear un genuino mural. Una obra magna como el Jardín de las Delicias. Algo en lo que cada parte tenga sentido y el todo tenga un sentido aún más profundo.
Víctor asentía, frecuentemente al tiempo que masticaba algún alimento.
Yo trabajé al óleo, con acuarelas y con acrílicos —explicaba Sadoc en otras ocasiones—. Probé numerosas técnicas para expresar las imágenes que me persiguen desde pequeño, pidiéndome que las plasme. Pero una vez, por un problema sentimental, al cabo de una borrachera, un amigo decidió que quería un tatuaje y lo acompañé a un cuchitril asqueroso. Me puse a platicar con el tatuajista. Mi amigo estaba inconsciente y por primera vez pude sentir la experiencia de trabajar con la piel humana. El tatuajista me permitió probar sus técnicas. Y entonces entendí que cualquier obra que yo produjera debía hacerse sobre un tejido vivo, conociendo bien cómo reaccionan y cambian los colores bajo la piel, cómo se extienden y cuáles son sus posibilidades y limitaciones.
Víctor hablaba poco. Pedía de comer. Pedía de beber, muchos refrescos y con cierta frecuencia algo de alcohol, y cada dos o tres semanas pedía una nueva compañera. El resto del tiempo soportaba con estoicismo la aguja de Sadoc. Cuando el dolor era intenso, hablaba del éxito que tendría en los Estados Unidos como el hombre gordo tatuado. O se imaginaba que impondría el récord del mayor tatuaje del mundo en extensión. Y comentaba siempre que estaba dispuesto a repartir con Sadoc los beneficios de sus presentaciones. Estaba evidentemente agradecido y, en su debilidad, se sentía protegido.
Los dos hombres vivían juntos, pero no se hicieron amigos. La relación que los unía era más profunda, más indisoluble, más sólida que cualquier amistad. Era la relación del escultor con el bloque de mármol. O la del paciente y el cirujano que ha de salvarlo. Para serse útiles no necesitaban apreciarse, ni siquiera conocerse. Bastaba que estuvieran allí. Su simbiosis era tan perfecta que ni siquiera tenían que reconocerse como seres humanos para servirse mutuamente.
Sadoc comenzó en la espalda de Víctor. Sabía que allí las terminaciones nerviosas eran más escasas, el dolor sería menor, ayudaría a que Víctor se fuera acostumbrando a ser tatuado.
Desde un principio se deshizo de la mayoría de sus bocetos. Su mural debía ser un recorrido por la vida moderna de la que él y Víctor eran producto. Los motivos tradicionales, las serpientes, las caras hindús, los dragones, no tenían cabida en la obra maestra de Sadoc. Comenzó con una escena nocturna, un callejón sin salida dominado por un anuncio de una computadora bajo el cual sonreía con pocos dientes un viejo alcoholizado. Enfrente, casi en primer plano, pasaba un Ferrari rojo hacia la izquierda, sobre una avenida bien iluminada, mientras en el cielo del omóplato derecho volaba un avión rodeado de una V de patos asombrados y oscuros, casi indistinguibles, logrados con la maestría y el cuidado de quien sabe que no se puede borrar, no se puede empezar de nuevo o cubrir ningún punto de la piel ya impregnado de color, que se trabaja con limitaciones a las que no estuvieron expuestos Miguel Angel, Leonardo, Dalí o el propio Gaugin. Los estilos se entremezclaban, desde el popart hasta el comix underground y el heavy metal, pero todos con tal detalle que en conjunto parecían la pesadilla de un hiperrealista, para dar la idea de la velocidad y las angustias de un mundo cuya tensión aumentaba constantemente haciendo a todos temer que, en cualquier momento, estallaría como un globo, se rompería como una cuerda de guitarra, caería bajo su propio peso. Un ícono de lo cotidiano, un testimonio del final del siglo veinte iba tomando forma en la tensa piel de Víctor, que parecía un bebé gigantesco, un tanto sospechoso por su casi total falta de vello, su perfección exacta para las necesidades de Sadoc.

A los ocho meses, la espalda de Víctor estaba casi terminada y había numerosas figuras aisladas en todo su cuerpo. La delicada piel tendía a inflamarse si Sadoc la trabajaba en exceso y no deseaba que nada deformara su creación. En los brazos había figuras salvajes cuyas caras recordaban, sin ser retratos precisos, a numerosos personajes de la historia reciente. Sobre el pectoral derecho saltaba la inconclusa figura de un delfín encerrado en una burbuja traslúcida, tras una veladura que, Sadoc estaba seguro, jamás se había logrado antes en la piel humana. En la pierna del mismo lado se alzaba, curvada por la forma misma del rollizo miembro, una espada curva que lanzaba destellos gracias a una mezcla creada por Sadoc para introducir finísimas limaduras de platino bajo la piel. El cuerpo estaba cubierto aproximadamente en un cincuenta por ciento.
Ahora Sadoc estaba trabajando en el abdomen, un cerro vibrante, una meseta interminable que exigía de su máxima precisión. La piel cedía a la menor presión, lanzando oleadas de grasa que temblaban en todas direcciones. Sadoc creía ver en ocasiones ondas concéntricas que partían del punto donde estaba trabajando y crecían hasta rodear a Víctor. Pero el tacto de la piel bajo sus dedos, el fluir del color en los puntos que tocaba con la aguja, la minuciosidad, le hacían olvidar todo lo que no fuera el trabajo. Le fascinaba su muro humano, la textura de su piel, la sensación de estar trabajando sobre una superficie viva, elástica, palpitante, que respiraba y latía, en la que podía percibir el azul de las venas que le iba sugiriendo nuevas formas, trazos que no estaban en los bocetos.
Víctor lanzó un grito agudo.
¿Qué pasa? ¿Dolió mucho?
El dolor se acumula, se va haciendo cada vez más agudo. Necesito descansar.
Puedo seguir en la pierna izquierda mientras descansas —sugirió Sadoc. Sabía por la tensión en sus dedos que llevaba muchas horas trabajando en la misma sesión. Y, a la vez, no se sentía cansado. Deseaba continuar. En el muslo sugerido estaba por concluir una extraña figura alada que surgía de la tierra, rompiéndola poderosamente.
No, no. Ya basta. Por favor —pidió Víctor con tono infantil.
Está bien. ¿Quieres comer algo?
Sí. ¿Quedó jamón de ayer?
Sadoc asintió en silencio y fue a la cocina. Al tomar el plato vio que su mano temblaba por la fatiga. Era mejor detenerse, no arriesgarse a cometer un error imperdonable. Y sin embargo, Sadoc estaba furioso con Víctor por su grito, por su súplica de un descanso. No era la primera vez que sucedía. Es más, la frecuencia de las quejas había ido aumentando.
Luego de dar cuenta de la cena, Víctor se fue a dormir. Ambos habían olvidado que esa noche era el turno de una de las muchachas que asistían a servir a Víctor. Cuando sonó el timbre de la puerta, Sadoc supo lo que ocurriría.
Era una muchacha morena, en extremo agradable aunque a nadie se le hubiera ocurrido jamás llamarla hermosa. Sadoc no despertó a Víctor. En cambio, la condujo a su propia recámara y pasó con ella la mayor parte de la noche.

Anoche te vi —dijo Víctor acusadoramente cuando Sadoc entró a su recámara a la mañana siguiente.
¿Y?
Estabas con ella.
Tú te habías dormido. Pago mensualmente una suma bastante respetable. No se iba a desperdiciar.
¡Pero era mía! —chilló Víctor.
No. En todo caso es mía, se paga con mi dinero —dijo rígidamente Sadoc mirando a su ciclópeo huésped como nunca antes, apreciándolo en su humanidad que, aún en el tono infantil y desprotegido que acostumbraba, tenía rastros de osadía y de lucha. Se corrigió de inmediato—. Pero en verdad creí que estabas dormido. Si quieres la llamo para que venga hoy en la noche. O llamamos a cualquiera otra.
Víctor se encerró en un berrinche silencioso que habría de durar toda la mañana. Sadoc no quiso insistir y partió a preparar el desayuno.
Por primera vez Sadoc y Víctor entraban en conflicto. La muchacha no era importante. Jamás volvieron a hablar del asunto. Ninguno de los dos sabía siquiera su nombre y ella jamás volvió. Vinieron otras para complacer a Víctor, con una creciente curiosidad morbosa que inquietaba a Sadoc.
Es increíble —comentó una un mes después, tratando de iniciar una conversación casual con Sadoc antes de abandonar el departamento—. Me habían advertido las otras chicas, pero en verdad que jamás había visto algo así.
¿Así cómo? —quiso saber Sadoc.
Es... es monstruoso. Es buena persona pero...
Los ojos de la muchacha dijeron el resto.

Víctor estaba prácticamente prisionero, autoexiliado con Sadoc en su isla encantada. Jamás, desde que hicieran el trato y fuera por sus pocas propiedades, Víctor había sugerido siquiera algún interés en salir del departamento.
Habían pasado catorce meses.
El trabajo estaba a punto de terminarse.
Por un acuerdo jamás expresado verbalmente, las manos, el cuello y rostro de Víctor no habían sido tocados por la aguja del tatuaje. Podría así usar ropa que ocultara su secreto en público. Bastaba con su obesidad para hacerlo el blanco de todas las miradas.
Si logro todo lo que queremos —comentó Víctor un día, contemplándose las palmas de las manos mientras Sadoc trabajaba en una de sus rodillas—, volveré. Te traeré tu parte y quizá podríamos hacer algo en la cara y las manos. Si para entonces ya soy famoso. En San Francisco seré una sensación. Se pelearán por exhibirme. Seré el cuadro más famoso de Estados Unidos...
Sadoc dejó de oírlo. Le molestaba la tendencia de Víctor a hablar casi siempre en primera persona. No lo hacía maliciosamente, ni siquiera tratando de minimizar la labor de Sadoc. Sólo que daba por sentado que él saldría finalmente del departamento de Sadoc a cosechar triunfos mientras éste volvía al mostrador de la ahora casi olvidada librería de viejo. Y algún día, en un futuro impreciso, volvería a Sadoc trayendo el botín de las batallas que ganaría. De su fama, su fortuna y su éxito en el mundo.
Sadoc no deseaba decirle a Víctor qué tan cerca estaba de terminar, pero éste podía apreciar claramente que se acercaba el momento. Los espejos que había pedido para su cuarto le decían que pronto estaría en un avión, ocupando dos asientos, por supuesto, camino a los Estados Unidos.
Sadoc se encontró a sí mismo trabajando más lentamente, retocando detalles, buscando algún milímetro cuadrado de piel aún virgen.
Fue entonces que vio al caballo.
El caballo mitad animal y mitad robot, el Rocinante cibernético de un Quijote ausente, que esperaba por siempre cansado, pero alerta, a la altura de los riñones de Víctor.
Las precisas dimensiones del caballo estaban sutilmente alteradas. Se habían descompuesto, perdiendo equilibrio y majestad. Su composición ya no respondía a los cuidadosos bocetos, al minucioso trabajo de Sadoc.
Estás engordando —acusó el tatuajista.
Podría ser —respondió con despreocupación Víctor—. Después de todo había perdido algunos kilos cuando llegué aquí. Tú sabes, estaba llegando a mi límite...
¡Estás engordando! —gritó Sadoc interrumpiéndolo. En su tono de voz se descubría la lucha que se libraba en su cabeza, en sus músculos, en la médula de sus huesos. Deseaba dar rienda suelta a la furia. Deseaba contenerse. Estaba atrapado—. ¡Lo vas a arruinar todo! Si engordas, tu piel se estira, las figuras se deforman, se caricaturizan...
¡Perdón! —murmuró genuinamente preocupado Víctor—. No había pensado... nunca pensé en eso. Necesitaré una báscula. Bajar unos pocos kilos y mantenerme en mi peso. No será difícil. Pero jamás se me ocurrió...
La puerta se cerró violentamente detrás de Sadoc y Víctor se encontró disculpándose solo ante los espejos que multiplicaban su decorada enormidad.
Sadoc no volvió a entrar a la recámara de Víctor en todo el día. Se quedó silenciosamente sentado en un sofá, pensando, durante la mayor parte de la tarde. Luego salió a caminar, sin que por un solo instante se detuviera la asfixiante catarata de ideas que lo inundaba. Ideas que habían estado ahí, empollándose, durante meses. Ideas que le habían sugerido diversos momentos, palabras y acciones de Víctor, y que se habían transformado en una misteriosa alquimia controlada por el catalizador que era la creatividad de Sadoc y que ahora surgían todas a la vez. Ideas que quizá estaban ya maduras pero que se había negado a contemplar. Preguntas a las que había dado temerosamente la espalda.
Víctor, el titánico niño inseguro, ¿tendría la fortaleza necesaria para cuidar esa obra de arte que hoy lo cubría? ¿En su perpetua búsqueda de satisfacción acabaría en alguna oscura morgue de un pueblo perdido en las montañas de los Estados Unidos? Y quienes vieran a Víctor, quienes pagaran un precio por contemplarlo, ¿apreciarían la obra de arte de Sadoc o simplemente observarían a un monstruo por partida doble, y se lo señalarían a sus hijos para que rieran o sufrieran arcadas de asco? "Así puedes acabar si sigues comiendo esas cosas", podría amonestar una madre a sus pequeños.
Al volver de noche a su departamento, Sadoc llevaba muy presente la debilidad del corazón de Víctor, ese corazón obligado a empujar sin descanso la sangre de su mural por entre la opresiva grasa que, sin duda, se acumulaba en las arterias tanto como bajo la epidermis de Víctor.
Y llevaba muy presente también que hacía varios meses que el taxidermista no pagaba su renta.


Casa tomada

Por: Julio Cortazar



Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los secretos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos a mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por los bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.

Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé porqué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.

Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pull-over está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor de preguntarle a Irene qué pensaba a hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba la plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.

Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esta parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta central daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente del pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por le pasillo se franqueaba la puerta de roble y más allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y al baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso se lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y en los pianos.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui hasta el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la puerta antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

-¿Estás seguro?

Asentí.

-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.

Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene extrañaba unas carpetas, un par de pantuflas que tanto la abrigaban en invierno. Yo sentía mi pipa de enebro y creo que Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

-No está aquí.

Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.

Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aún levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resulta molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:

-Fíjate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadrito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba enseguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.

Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiado ruido de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos ahí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos más despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alto voz, me desvelaba en seguida).

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí el ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y en el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte, pero siempre sordos a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.

-Han tomado esta parte- dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta el cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.

-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa?- le pregunté inútilmente.

-No, nada.

Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.


Sunday, April 17, 2005

Torito

Por: Julio Cortazar



A la memoria de don Jacinto Cúcaro,
que en las clases de pedagogía del normal "Mariano Acosta",
allá por el año 30, nos contaba las peleas de Suárez.


Qué le vas a hacer, ñato, cuando estás abajo todos te fajan. Todos, che, hasta el más maula. Te sacuden contra las sogas, te encajan la biaba. Andá, andá, qué venís con consuelos vos. Te conozco, mascarita. Cada vez que pienso en eso, salí de ahí, salí. Vos te creés que yo medesespero, lo que pasa es que no doy más aquí tumbado todo el día. Pucha que son largas las noches de invierno, te acordás del pibe del almacén cómo lo cantaba. Pucha que son largas... Y es así, ñato. Más largas que esperanza'e pobre. Fijáte que yo a la noche casi no la conozco, y venir a encontrarla ahora... Siempre a la cama temprano, a las nueve o a las diez. El patrón me decía: "Pibe, andáte al sobre, mañana hay que meterle duro y parejo". Una noche que me le escapaba era una casualidad. El patrón... Y ahora todo el tiempo así, mirando el techo. Ahí tenés otra cosa que no séhacer, mirar p'arriba. Todos dijeron que me hubiera convenido, que hice la gran macana de levantarme a los dos segundos, cabrero como la gran flauta. Tienen razón, si me quedo hasta los ocho no me agarra tan mal el rubio.
Y bueno, es así. Pa peor la tos. Después te vienen con el jarabe y los pinchazos. Pobre la hermanita, el trabajo que le doy. Ni mear solo puedo. Es buena la hermanita, me da leche caliente y me cuenta cosas. Quién te iba a decir, pibe. El patrón me llamaba siempre pibe. Dale áperca, pibe. A la cocina, pibe. Cuando pelié con el negro en Nueva York el patrón andaba preocupado. Yo lo juné en el hotel antes de salir. "Lo fajás en seis rounds, pibe", pero fumaba como loco. El negro, cómo se llamaba el negrito, Flores o algo así. Duro de pelar, che. Un estilo lindo, me sacaba distancia vuelta a vuelta. Áperca, pibe, metele áperca. Tenía razón el trompa. Al tercero se me vino abajo como un trapo. Amarillo, el negro. Flores, creo, algo así. Mirá como uno se ensarta, al principio me pareció que el rubio iba a ser más fácil. Lo que es la confianza, ñato. Me barajó de una piña que te la debo. Me agarró en frío el maula. Pobre patrón, no quería creer. Con qué bronca me levanté. Ni sentía las piernas, me lo quería comer ahí nomás. Mala suerte, pibe. Todo el mundo cobra al final. La noche del Tani, te acordás pobre Tani, qué biaba. Se veía que el Tani estaba de vuelta. Guapo el indio, me sacudía con todo, dale que va, arriba, abajo. No me hacía nada, pobre Tani. Y eso que cuando lo fui a saludar al rincón me dolía bastante la cara, al fin y al cabo me arrimó una buena leñada. Pobre Tani, vos sabés que me miró, yo le puse el guante en la cabeza y me reía de contento, no me quería reír, te imaginás que no era de él, pobre pibe. Me miró apenas, pero me hizo no sé qué. Todos me agarraban, pibe lindo, pibe macho, ah criollo, y el Tani quieto entre los de él, más chatos que cinco e'queso. Pobre Tani. Por qué me acuerdo de él, decime un poco. A lo mejor yo lo miré así al rubio esa noche. Qué sé yo, para acordarme estaba. Qué biaba, hermano. Ahora no vas a andar disimulando. Te fajóy se acabó. Lo malo que yo no quería creer. Estaba acostado en el hotel, y el patrón fumaba y fumaba, casi no había luz. Me acuerdo que hacía calor. Después me pusieron hielo, fijáte un poco yo con hielo. El trompa no decía nada, lo malo que no decía nada. Te juro que tenía ganas de llorar, como cuando ella... Pero para qué te vas a hacer mala sangre. Si llego a estar solo, te juro que moqueo. "Mala pata, patrón", le dije. Qué más le iba a decir. Él dale que dale al tabaco. Fue suerte dormirme. Como ahora, cada vez que agarro el sueño me saco la lotería. De día tenés la radio que trajo la hermanita, la radio que... Parece mentira, ñato. Bueno, te oís unos tanguitos y las transmisiones de los teatros. ¿Te gusta Canaro a vos? A mí Fresedo, che, y Pedro Maffia. Si los habré visto en el ringside, me iban a ver todas las veces. Podés pensar en eso, y se te acortan las horas. Pero a la noche qué lata, viejo. Ni la radio, ni la hermanita, y en una de esas te agarra la tos, y dale que dale, y por ahí uno de otra cama se rechifla y te pega un grito. Pensar que antes... Fijáte que ahora me cabreo más que antes. En los diarios salía que de pibe los peleaba a los carreros en la Quema. Puras macanas, che, nunca me agarré a trompadas en la calle. Una o dos veces, y no por mi culpa, te juro. Me podés creer. Cosas que pasan, estás con la barra, caen otros y en una de esas se arma. No me gustaba, pero cuando me metí la primera vez me di cuenta que era lindo. Claro, cómo no va a ser lindo si el que cobraba era el otro. De pibe yo peleaba de zurda, no sabés lo que me gustaba fajar de zurda. Mi vieja se descompuso la primera vez que me vio pelearme con uno que tenía como treinta años. Se creía que me iba a matar, pobre vieja. Cuando el tipo se vino al suelo no lo podía creer. Te voy a decir que yo tampoco, creéme que las primeras veces me parecía cosa de suerte. Hasta que el amigo del trompa me fue a ver al club y me dijo que había que seguir. Te acordás de esos tiempos, pibe. Qué pestos. Había cada pesado que te la voglio dire. "Vos metele nomás", decía el amigo del patrón. Después hablaba de profesionales, del Parque Romano, de River. Yo qué sabía, si nunca tenía cincuenta guitas para ir a ver nada. También la noche que me dio veinte pesos, qué alegrón. Fue con Tala, o con aquel flaco zurdo, ya ni me acuerdo. Lo saqué en dos vueltas, ni me tocó. Vos sabés que siempre mezquiné la cara. Si me llego a sospechar lo del rubio... Vos creés que tenés la pera de fierro, y en eso te la hacen sonar de una piña. Qué fierro ni que ocho cuartos. Veinte pesos, pibe, imagínate un poco. Le di cinco a la vieja, te juro que de compadre, pa mostrarle. La pobre me quería poner agua de azahar en la muñeca resentida. Cosas de la vieja, pobre. Si te fijás, fue la única que tenía esas atenciones, porque la otra... Ahí tenés, apenas pienso en la otra, ya estoy de vuelta en Nueva York. De Lanús casi no me acuerdo, se me borra todo. Un vestido a cuadritos, sí, ahora veo, y el zaguán de Don Furcio, y también las mateadas. Cómo me tenían en esa casa, los pibes se juntaban a mirarme por la reja, y ella siempre pegando algún recorte de Crítica o de Última Hora en el álbum que había empezado, o me mostraba las fotos del Gráfico. ¿Vos nunca te viste en foto? Te hace impresión la primera vez, vos pensás pero ése soy yo, con esa cara. Después te das cuenta que la foto es linda, casi siempre sos vos que estás fajando, o al final con el brazo levantado. Yo venía con mi Graham Paige, imaginate, me empilchaba para ir a verla, y el barrio se alborotaba. Era lindo matear en el patio, y todos me preguntaban qué sé yo cuánta cosa. Yo a veces no podía creer que era cierto, de noche antes de dormirme me decía que estaba soñando. Cuando le compré el terreno a la vieja, qué barullo que hacían todos. El trompa era el único que se quedaba tranquilo. "Hacés bien, pibe", decía, y dale al tabaco. Me parece estarlo viendo la primera vez, en el club de la calle Lima. No, era en Chacabuco, esperá que no me acuerdo, pero si era en Lima, infeliz, no te acordás del vestuario todo de verde, con más mugre... Esa noche el entrenador me presentó al patrón, resultaba que eran amigos, cuando me dijo el nombre casi me agarro de las sogas, apenas lo vi que me miraba yo pensé: "Vino para verme pelear", y cuando el entrenador me lo presentóme quería morir. Él no me había dicho nunca nada, de puro rana, pero hizo bien, así yo iba subiendo despacio, sin engolosinarme. Como el pobre zurdito, que lo llevaron a River en un año, y en dos meses se vino abajo que daba miedo. En ese entonces no era macana, pibe. Te venía cada tano de Italia, cada gallego que te daba miedo, y no te digo nada de los rubios. Claro que a veces la gozabas, como la vez del príncipe. Eso fue un plato, te juro, el príncipe en el ringside y el patrón que me dice en el camarín: " No te andés con vueltas, no te vayas a dejar vistear que para eso los yonis son una luz", y te acordás que decían que era el campeón de Inglaterra, o qué sé yo qué cosa. Pobre rubio, lindo pibe. Me daba no sé qué cuando nos saludamos, el tipo chamuyó una cosa que andá a entendele, y parecía que te iba a salir a pelear con galera. El patrón no te vayas a creer que estaba muy tranquilo, te puedo decir que él nunca se daba cuenta de cómo yo lo palpitaba. Pobre trompa, se creía que no me daba cuenta. Che, y el príncipe ahíabajo, eso fue grande, a la primera finta que me hace el rubio le largo la derecha en gancho y se la meto justo justo. Te juro que me quedé frío cuando lo vi patas arriba. Qué manera de dormir, pobre tipo. Esa vez no me dio gusto ganar, más lindo hubiera sido una linda agarrada, cuatro o cinco vueltas como con el Tani o con el yoni aquél, Herman se llamaba, uno que venía con un auto colorado y una pinta bárbara... Cobró, pero fue lindo. Qué leñada, mama mía. No quería aflojar y tenía más mañas que... Ahora que para mañas el Brujo, che. De donde me lo fueron a sacar a ése. Era uruguayo, sabés, ya estaba acabado pero era peor que los otros, se te pegaba como sanguijuela y andá sacátelo de encima. Meta forcejeo, y el tipo con el guante por los ojos, pucha me daba una bronca. Al final lo fajé feo, me dejó un claro y le entré con una ganas... Muñeco al suelo, pibe. Muñeco al suelo fastrás... Vos sabés que me habían hecho un tango y todo. Todavía me acuerdo un cacho, de Mataderos al centro, y del centro a Nueva York... Me lo cantaban por todos lados, en los asados, por la radio... Era lindo oírse en la radio, che, la vieja me escuchaba todas las peleas. Y vos sabés que ella también me escuchaba, un día me dijo que me había conocido por la radio, porque el hermano puso la pelea con uno de los tanos... ¿Vos te acordás de los tanos? Yo no sé de dónde los iba a sacar el trompa, me los traía fresquitos de Italia, y se armaban unas leñadas en River... Hasta me hizo pelear con dos hermanos, con el primero fue colosal, al cuarto round se pone a llover, ñato, y nosotros con ganas de seguirla porque el tanito era de ley y nos fajábamos que era un contento, y en eso empezamos a refalar y dale al suelo yo, y al suelo él... Era una pantomima, hermano... La suspendieron, que macana. A la otra vez el tano cobró por las dos, y el patrón me puso con el hermano, y otro pesto... Qué tiempos, pibe, aquí sí era lindo pelear, con toda la barra que venía, te acordás de los carteles y las bocinas de auto, che, qué lío que armaban en la popular... Una vez leí que el boxeador no oye nada cuando está peleando, qué macana, pibe. Claro que oye, vos te creés que yo no oía distinto entre los gringos, menos mal que lo tenía al trompa en el rincón, áperca, pibe, dale áperca. Y en el hotel, y los cafés, qué cosa tan rara, che, no te hallabas ahí. Después el gimnasio, con esos tipos que te hablaban y no les pescabas ni medio. Meta señas, pibe, como los mudos. Menos mal que estaba ella y el patrón para chamuyar, y podíamos matear en el hotel y de cuando en cuando caía un criollo y dale con los autógrafos, y a ver si me lo fajás bien a ese gringo pa que aprendan cómo somos los argentinos. No hablaban más que del campeonato, qué le vas a hacer, me tenían fe, che, y me daban unas ganas de salir atropellando y no parar hasta el campeón. Pero lo mismo pensaba todo el tiempo en Buenos Aires, y el patrón ponía los discos de Carlitos y los de Pedro Maffia, y el tango que me hicieron, yo no sési sabés que me habían hecho un tango. Como a Legui, igualito. Y una vez me acuerdo que fuimos con ella y el patrón a una playa, todo el día en el agua, fue macanudo. No te creas que podía divertirme mucho, siempre con el entrenamiento y la comida cuidada, y nada que hacerle, el trompa no me sacaba los ojos. "Ya te vas a dar el gusto, pibe", me decía el trompa. Me acuerdo cuando la pelea con Mocoroa, esa fue pelea. Vos sabés que dosmeses antes ya lo tenía al patrón dale que esa izquierda va mal, que no dejés entrar así, y me cambiaba los sparrings y meta salto a la soga y bife jugoso... Menos mal que me dejaba matear un poco, pero siempre me quedaba con sed de verde. Y vuelta a empezar todos los días, tené cuidado con la derecha, la tirás muy abierta, miráque el coso no es macana. Te creés que yo no lo sabía, más de una vez lo fui a ver y me gustaba el pibe, no se achicaba nunca, y un estilo, che. Vos sabés lo que es el estilo, estás ahí y cuando hay que hacer una cosa vas y la hacés sobre el pucho, no como esos que la empiezan a zapallazo limpio, dale que va, arriba abajo los tres minutos. Una vez en El Gráfico un coso escribió que yo no tenía estilo. Me dio una bronca, te juro. No te voy a decir que yo era como Rayito, eso era para ir a verlo, pibe, y Mocoroa lo mismo. Yo qué te voy a decir, al rato de empezar ya veía todo colorado y le metía nomás, pero no te vas a creer que no me daba cuenta, solamente que me salía y si me salía bien para qué te vas a afligir. Vos ves cómo fue con Rayito, está bien que no lo saqué pero lo pude. Y a Mocoroa igual, qué querés. Flor de leñada, viejo, se me agachaba hasta el suelo y de abajo me zampaba cada piña que te la debo. Y yo meta a la cara, te juro que a la mitad ya estábamos con bronca y dale nomás. Esa vez no sentí nada, el patrón me agarraba la cabeza y decía pibe no te abrás tanto, dale abajo, pibe, guarda la derecha. Yo le oía todo pero después salíamos y meta biaba los dos, y hasta el final que no podíamos más, fue algo grande. Vos sabés que esa noche después de la pelea nos juntamos en un bodegón, estaba toda la barra y fue lindo verlo al pibe que se reía, y me dijo qué fenómeno, che, cómo fajás, y yo le dije te gané pero para mí que la empatamos, y todos brindaban y era un lío que no te puedo contar... Lástima esta tos, te agarra descuidado y te dobla. Y bueno, ahora hay que cuidarse, mucha leche y estar quieto, qué le vas a hacer. Una cosa que me duele es que no te dejan levantar, a las cinco estoy despierto y meta mirar p'arriba. Pensás y pensás, y siempre lo malo, claro. Y los sueños igual, la otra noche, estaba peleando de nuevo con Peralta. Por qué justo tengo que venir a embocarla en esa pelea, pensá lo que fue, pibe, mejor no acordarse. Vos sabés lo que es toda la barra ahí, todo de nuevo como antes, no como en Nueva York, con los gringos... Y la barra del ringside, toda la hinchada, y unas ganas de ganar para que vieran que... Otra que ganar, si no me salía nada, y vos sabés cómo pegaba Víctor. Ya sé, ya sé, yo le ganaba con una mano, pero a la vuelta era distinto. No tenía ánimo, che, el patrón menos todavía, qué te vas a entrenar bien si estás triste. Y bueno, yo aquí era el campeón y él me desafió, tenía derecho. No le voy a disparar, no te parece. El patrón pensaba que le podía ganar por puntos, no te abrás mucho y no te cansés de entrada, mirá que aquél te va a boxear todo el tiempo. Y claro, se me iba para todos lados, y después que yo no estaba bien, con la barra ahí y todo te juro que tenía un cansancio en el cuerpo... Como modorra, entendés, no te puedo explicar. A la mitad de la pelea la empecé a pasar mal, después no me acuerdo mucho. Mejor no acordarse, no te parece. Son cosas que para qué. Me quisiera olvidar de todo. Mejor dormirse, total aunque soñés con las peleas a veces le acertás una linda y la gozás de nuevo. Como cuando el príncipe, qué plato. Pero mejor cuando no soñás, pibe, y estás durmiendo que es un gusto y no tosés ni nada, meta dormir nomás toda la noche dale que dale.


Una modesta proposición

Por: Jonathan Swift



Para prevenir que los niños de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o el país, y para hacerlos útiles al público


Dublín, Irlanda, 1729

Es un asunto melancólico para quienes pasean por esta gran ciudad o viajan por el campo, ver las calles, los caminos y las puertas de las cabañas atestados de mendigos del sexo femenino, seguidos de tres, cuatro o seis niños, todos en harapos e importunando a cada viajero por una limosna. Esas madres, en vez de hallarse en condiciones de trabajar para ganarse la vida honestamente, se ven obligadas a perder su tiempo en la vagancia, mendigando el sustento de sus desvalidos infantes: quienes, apenas crecen, se hacen ladrones por falta de trabajo, o abandonan su querido país natal para luchar por el Pretendiente en España, o se venden a sí mismos en las Barbados.

Creo que todos los partidos están de acuerdo en que este número prodigioso de niños en los brazos, sobre las espaldas o a los talones de sus madres, y frecuentemente de sus padres, resulta en el deplorable estado actual del Reino un perjuicio adicional muy grande; y por lo tanto, quienquiera que encontrase un método razonable, económico y fácil para hacer de ellos miembros cabales y útiles del estado, merecería tanto agradecimiento del público como para tener instalada su estatua como protector de la Nación.

Pero mi intención está muy lejos de limitarse a proveer solamente por los niños de los mendigos declarados: es de alcance mucho mayor y tendrá en cuenta el número total de infantes de cierta edad nacidos de padres que de hecho son tan poco capaces de mantenerlos como los que solicitan nuestra caridad en las calles.

Por mi parte, habiendo volcado mis pensamientos durante muchos años sobre este importante asunto, y sopesado maduradamente los diversos planes de otros proyectistas, siempre los he encontrado groseramente equivocados en su cálculo. Es cierto que un niño recién nacido puede ser mantenido durante un año solar por la leche materna y poco alimento más; a lo sumo por un valor no mayor de dos chelines o su equivalente en mendrugos, que la madre puede conseguir ciertamente mediante su legítima ocupación de mendigar. Y es exactamente al año de edad que yo propongo que nos ocupemos de ellos de manera tal que en lugar de constituir una carga para sus padres o la parroquia, o de carecer de comida y vestido por el resto de sus vidas, contribuirán por el contrario a la alimentación, y en parte a la vestimenta, de muchos miles.

Hay además otra gran ventaja en mi plan, que evitará esos abortos voluntarios y esa práctica horrenda, ¡cielos!, ¡demasiado frecuente entre nosotros!, de mujeres que asesinan a sus hijos bastardos, sacrificando a los pobres bebés inocentes, no sé si más por evitar los gastos que la vergüenza, lo cual arrancaría las lágrimas y la piedad del pecho más salvaje e inhumano.

El número de almas en este reino se estima usualmente en un millón y medio, de éstas calculo que puede haber aproximadamente doscientas mil parejas cuyas mujeres son fecundas; de ese número resto treinta mil parejas capaces de mantener a sus hijos, aunque entiendo que puede no haber tantas bajo las actuales angustias del reino; pero suponiéndolo así, quedarán ciento setenta mil parideras. Resto nuevamente cincuenta mil por las mujeres que abortan, o cuyos hijos mueren por accidente o enfermedad antes de cumplir el año. Quedan sólo ciento veinte mil hijos de padres pobres nacidos anualmente: la cuestión es entonces, cómo se educará y sostendrá a esta cantidad, lo cual, como ya he dicho, es completamente imposible, en el actual estado de cosas, mediante los métodos hasta ahora propuestos. Porque no podemos emplearlos ni en la artesanía ni en la agricultura; ni construimos casas (quiero decir en el campo) ni cultivamos la tierra: raramente pueden ganarse la vida mediante el robo antes de los seis años, excepto cuando están precozmente dotados, aunque confieso que aprenden los rudimentos mucho antes, época durante la cual sólo pueden considerarse aficionados, según me ha informado un caballero del condado de Cavan, quien me aseguró que nunca supo de más de uno o dos casos bajo la edad de seis, ni siquiera en una parte del reino tan renombrada por la más pronta competencia en ese arte.

Me aseguran nuestros comerciantes que un muchacho o muchacha no es mercancía vendible antes de los doce años; e incluso cuando llegan a esta edad no producirán más de tres libras o tres libras y media corona como máximo en la transacción; lo que ni siquiera puede compensar a los padres o al reino el gasto en nutrición y harapos, que habrá sido al menos de cuatro veces ese valor.

Propondré ahora por lo tanto humildemente mis propias reflexiones, que espero no se prestarán a la menor objeción.

Me ha asegurado un americano muy entendido que conozco en Londres, que un tierno niño sano y bien criado constituye al año de edad el alimento más delicioso, nutritivo y saludable, ya sea estofado, asado, al horno o hervido; y no dudo que servirá igualmente en un fricasé o un ragout.

Ofrezco por lo tanto humildemente a la consideración del público que de los ciento veinte mil niños ya calculados, veinte mil se reserven para la reproducción, de los cuales sólo una cuarta parte serán machos; lo que es más de lo que permitimos a las ovejas, las vacas y los puercos; y mi razón es que esos niños raramente son frutos del matrimonio, una circunstancia no muy estimada por nuestros salvajes, en consecuencia un macho será suficiente para servir a cuatro hembras. De manera que los cien mil restantes pueden, al año de edad, ser ofrecidos en venta a las personas de calidad y fortuna del reino; aconsejando siempre a las madres que los amamanten copiosamente durante el último mes, a fin de ponerlos regordetes y mantecosos para una buena mesa. Un niño llenará dos fuentes en una comida para los amigos; y cuando la familia cene sola, el cuarto delantero o trasero constituirá un plato razonable, y sazonado con un poco de pimienta o de sal después de hervirlo resultará muy bueno hasta el cuarto día, especialmente en invierno.

He calculado que como término medio un niño recién nacido pesará doce libras, y en un año solar, si es tolerablemente criado, alcanzará las veintiocho.

Concedo que este manjar resultará algo costoso, y será por lo tanto muy apropiado para terratenientes, quienes, como ya han devorado a la mayoría de los padres, parecen acreditar los mejores derechos sobre los hijos.

Todo el año habrá carne de infante, pero más abundantemente en marzo, y un poco antes o después: pues nos informa un grave autor, eminente médico francés, que siendo el pescado una dieta prolífica, en los países católicos romanos nacen muchos mas niños aproximadamente nueve meses después de Cuaresma que en cualquier otra estación; en consecuencia, contando un año después de Cuaresma, los mercados estarán más abarrotados que de costumbre, porque el número de niños papistas es por lo menos de tres a uno en este reino: y entonces esto traerá otra ventaja colateral, al disminuir el número de papistas entre nosotros.

Ya he calculado el costo de crianza de un hijo de mendigo (entre los que incluyo a todos los cabañeros, a los jornaleros y a cuatro quintos de los campesinos) en unos dos chelines por año, harapos incluidos; y creo que ningún caballero se quejaría de pagar diez chelines por el cuerpo de un buen niño gordo, del cual, como he dicho, sacará cuatro fuentes de excelente carne nutritiva cuando sólo tenga a algún amigo o a su propia familia a comer con él. De este modo, el hacendado aprenderá a ser un buen terrateniente y se hará popular entre los arrendatarios; y la madre tendrá ocho chelines de ganancia limpia y quedará en condiciones de trabajar hasta que produzca otro niño.

Quienes sean más ahorrativos (como debo confesar que requieren los tiempos) pueden desollar el cuerpo; con la piel, artificiosamente preparada, se podrán hacer admirables guantes para damas y botas de verano para caballeros elegantes.

En nuestra ciudad de Dublín, los mataderos para este propósito pueden establecerse en sus zonas más convenientes, y podemos estar seguros de que carniceros no faltarán; aunque más bien recomiendo comprar los niños vivos y adobarlos mientras aún están tibios del cuchillo, como hacemos para asar los cerdos.

Una persona muy respetable, verdadera amante de su patria, cuyas virtudes estimo muchísimo, se entretuvo últimamente en discurrir sobre este asunto con el fin de ofrecer un refinamiento de mi plan. Se le ocurrió que, puesto que muchos caballeros de este reino han terminado por exterminar sus ciervos, la demanda de carne de venado podría ser bien satisfecha por los cuerpos de jóvenes mozos y doncellas, no mayores de catorce años ni menores de doce; ya que son tantos los que están a punto de morir de hambre en todo el país, por falta de trabajo y de ayuda; de éstos dispondrían sus padres, si estuvieran vivos, o de lo contrario, sus parientes más cercanos. Pero con la debida consideración a tan excelente amigo y meritorio patriota, no puedo mostrarme de acuerdo con sus sentimientos; porque en lo que concierne a los machos, mi conocido americano me aseguró, en base a su frecuente experiencia, que la carne era generalmente correosa y magra, como la de nuestros escolares por el continuo ejercicio, y su sabor desagradable; y cebarlos no justificaría el gasto. En cuanto a la mujeres, creo humildemente que constituiría una pérdida para el público, porque muy pronto serían fecundas; y además, no es improbable que alguna gente escrupulosa fuera capaz de censurar semejante práctica (aunque por cierto muy injustamente) como un poco lindante con la crueldad; lo cual, confieso, ha sido siempre para mí la objeción más firme contra cualquier proyecto, por bien intencionado que estuviera.

Pero a fin de justificar a mi amigo, él confesó que este expediente se lo metió en la cabeza el famoso Psalmanazar, un nativo de la isla de Formosa que llegó de allí a Londres hace más de veinte años, y que conversando con él le contó que en su país, cuando una persona joven era condenada a muerte, el verdugo vendía el cadáver a personas de calidad como un bocado de los mejores, y que en su época el cuerpo de una rolliza muchacha de quince años, que fue crucificada por un intento de envenenar al emperador, fue vendido al Primer Ministro del Estado de Su Majestad Imperial y a otros grandes mandarines de la corte, junto al patíbulo, por cuatrocientas coronas. Ni en efecto puedo negar que si el mismo uso se hiciera de varias jóvenes rollizas de esta ciudad, que sin tener cuatro peniques de fortuna no pueden andar si no es en coche, y aparecen en el teatro y las reuniones con exóticos atavíos que nunca pagarán, el reino no estaría peor.

Algunas personas de espíritu agorero están muy preocupadas por la gran cantidad de pobres que están viejos, enfermos o inválidos, y me han pedido que dedique mi talento a encontrar el medio de desembarazar a la nación de un estorbo tan gravoso. Pero este asunto no me aflige en absoluto, porque es muy sabido que esa gente se está muriendo y pudriendo cada día por el frío y el hambre, la inmundicia y los piojos, tan rápidamente como se puede razonablemente esperar. Y en cuanto a los trabajadores jóvenes, están en una situación igualmente prometedora; no pueden conseguir trabajo y desfallecen de hambre, hasta tal punto que si alguna vez son tomados para un trabajo común no tienen fuerza para cumplirlo; y entonces el país y ellos mismos son felizmente librados de los males futuros.

He divagado excesivamente, de manera que volveré al tema. Me parece que las ventajas de la proposición que he enunciado son obvias y muchas, así como de la mayor importancia.

En primer lugar, como ya he observado, disminuiría grandemente el número de papistas que nos invaden anualmente, que son los principales engendradores de la nación y nuestros enemigos más peligrosos; y que se quedan en el país con el propósito de entregar el reino al Pretendiente, esperando sacar ventaja de la ausencia de tantos buenos protestantes, quienes han preferido abandonar el país antes que quedarse en él pagando diezmos contra su conciencia a un cura episcopal.

Segundo, los más pobres arrendatarios poseerán algo de valor que la ley podrá hacer embargable y que les ayudará a pagar su renta al terrateniente, habiendo sido confiscados ya su ganado y cereales, y siendo el dinero algo desconocido para ellos.

Tercero, puesto que la manutención de cien mil niños, de dos años para arriba, no se puede calcular en menos de diez chelines anuales por cada uno, el tesoro nacional se verá incrementado en cincuenta mil libras por año, sin contar el provecho del nuevo plato introducido en las mesas de todos los caballeros de fortuna del reino que tengan algún refinamiento en el gusto. Y el dinero circulará sólo entre nosotros, ya que los bienes serán enteramente producidos y manufacturados por nosotros.

Cuarto, las reproductoras constantes, además de ganar ocho chelines anuales por la venta de sus niños, se quitarán de encima la obligación de mantenerlos después del primer año.

Quinto, este manjar atraerá una gran clientela a las tabernas, donde los venteros serán seguramente tan prudentes como para procurarse las mejores recetas para prepararlo a la perfección, y consecuentemente ver sus casas frecuentadas por todos los distinguidos caballeros, quienes se precian con justicia de su conocimiento del buen comer: y un diestro cocinero, que sepa cómo agradar a sus huéspedes, se las ingeniará para hacerlo tan caro como a ellos les plazca.

Sexto: esto constituirá un gran estímulo para el matrimonio, que todas las naciones sabias han alentado mediante recompensas o impuesto mediante leyes y penalidades. Aumentaría el cuidado y la ternura de las madres hacia sus hijos, al estar seguras de que los pobres niños tendrían una colocación de por vida, provista de algún modo por el público, y que les daría una ganancia anual en vez de gastos. Pronto veríamos una honesta emulación entre las mujeres casadas para mostrar cuál de ellas lleva al mercado al niño más gordo. Los hombres atenderían a sus esposas durante el embarazo tanto como atienden ahora a sus yeguas, sus vacas o sus puercas cuando están por parir; y no las amenazarían con golpearlas o patearlas (práctica tan frecuente) por temor a un aborto.

Muchas otras ventajas podrían enumerarse. Por ejemplo, la adición de algunos miles de reses a nuestra exportación de carne en barricas, la difusión de la carne de puerco y el progreso en el arte de hacer buen tocino, del que tanto carecemos ahora a causa de la gran destrucción de cerdos, demasiado frecuentes en nuestras mesas; que no pueden compararse en gusto o magnificencia con un niño de un año, gordo y bien desarrollado, que hará un papel considerable en el banquete de un Alcalde o en cualquier otro convite público. Pero, siendo adicto a la brevedad, omito esta y muchas otras ventajas.

Suponiendo que mil familias de esta ciudad serían compradoras habituales de carne de niño, además de otras que la comerían en celebraciones, especialmente casamientos y bautismos: calculo que en Dublín se colocarían anualmente cerca de veinte mil cuerpos, y en el resto del reino (donde probablemente se venderán algo más barato) las restantes ochenta mil.

No se me ocurre ningún reparo que pueda oponerse razonablemente contra esta proposición, a menos que se aduzca que la población del Reino se vería muy disminuida. Esto lo reconozco francamente, y fue de hecho mi principal motivo para ofrecerla al mundo. Deseo que el lector observe que he calculado mi remedio para este único y particular Reino de Irlanda, y no para cualquier otro que haya existido, exista o pueda existir sobre la tierra. Por consiguiente, que ningún hombre me hable de otros expedientes: de crear impuestos para nuestros desocupados a cinco chelines por libra; de no usar ropas ni mobiliario que no sean producidos por nosotros; de rechazar completamente los materiales e instrumentos que fomenten el lujo exótico; de curar el derroche de engreimiento, vanidad, holgazanería y juego en nuestras mujeres; de introducir una vena de parsimonia, prudencia y templanza; de aprender a amar a nuestro país, en lo cual nos diferenciamos hasta de los lapones y los habitantes de Tupinambú; de abandonar nuestras animosidades y facciones, de no actuar más como los judíos, que se mataban entre ellos mientras su ciudad era tomada; de cuidarnos un poco de no vender nuestro país y nuestra conciencia por nada; de enseñar a los terratenientes a tener aunque sea un punto de compasión de sus arrendatarios. De imponer, en fin, un espíritu de honestidad, industria y cuidado en nuestros comerciantes, quienes, si hoy tomáramos la decisión de no comprar otras mercancías que las nacionales, inmediatamente se unirían para trampearnos en el precio, la medida y la calidad, y a quienes por mucho que se insistiera no se les podría arrancar una sola oferta de comercio honrado.

Por consiguiente, repito, que ningún hombre me hable de esos y parecidos expedientes, hasta que no tenga por lo menos un atisbo de esperanza de que se hará alguna vez un intento sano y sincero de ponerlos en práctica. Pero en lo que a mí concierne, habiéndome fatigado durante muchos años ofreciendo ideas vanas, ociosas y visionarias, y al final completamente sin esperanza de éxito, di afortunadamente con este proyecto, que por ser totalmente novedoso tiene algo de sólido y real, trae además poco gasto y pocos problemas, está completamente a nuestro alcance, y no nos pone en peligro de desagradar a Inglaterra. Porque esta clase de mercancía no soportará la exportación, ya que la carne es de una consistencia demasiado tierna para admitir una permanencia prolongada en sal, aunque quizá yo podría mencionar un país que se alegraría de devorar toda nuestra nación aún sin ella.

Después de todo, no me siento tan violentamente ligado a mi propia opinión como para rechazar cualquier plan propuesto por hombres sabios que fuera hallado igualmente inocente, barato, cómodo y eficaz. Pero antes de que alguna cosa de ese tipo sea propuesta en contradicción con mi plan, deseo que el autor o los autores consideren seriamente dos puntos. Primero, tal como están las cosas, cómo se las arreglarán para encontrar ropas y alimentos para cien mil bocas y espaldas inútiles. Y segundo, ya que hay en este reino alrededor de un millón de criaturas de forma humana cuyos gastos de subsistencia reunidos las dejaría debiendo dos millones de libras esterlinas, añadiendo los que son mendigos profesionales al grueso de campesinos, cabañeros y peones, con sus esposas e hijos, que son mendigos de hecho: yo deseo que esos políticos que no gusten de mi propuesta y sean tan atrevidos como para intentar una contestación, pregunten primero a lo padres de esos mortales si hoy no creen que habría sido una gran felicidad para ellos haber sido vendidos como alimento al año de edad de la manera que yo recomiendo, y de ese modo haberse evitado un escenario perpetuo de infortunios como el que han atravesado desde entonces por la opresión de los terratenientes, la imposibilidad de pagar la renta sin dinero, la falta de sustento y de casa y vestido para protegerse de las inclemencias del tiempo, y la más inevitable expectativa de legar parecidas o mayores miserias a sus descendientes para siempre.

Declaro, con toda la sinceridad de mi corazón, que no tengo el menor interés personal en esforzarme por promover esta obra necesaria, y que no me impulsa otro motivo que el bien público de mi patria, desarrollando nuestro comercio, cuidando de los niños, aliviando al pobre y dando algún placer al rico. No tengo hijos por los que pueda proponerme obtener un solo penique; el más joven tiene nueve años, y mi mujer ya no es fecunda.


Saturday, April 16, 2005

Historias de un Graduado

Por: Aymer Waldir Zuluaga Miranda



Una vez terminadas las clases en la Universidad, debía esperar casi un mes para lo de la ceremonia de graduación, durante ese tiempo, soñaba obviamente con estar desempeñando el puesto para el que me había formado e informado, el cargo que todos merecemos luego de la gran inversión académica... ser Jefe.

Pero, ¿Jefe de qué? Ésa era una pregunta que aun no tenía resuelta, pero que pronto se encargarían de responderme las empresas a las que luego de una cuidadosa selección, elegí para que se beneficiaran de mis grandes conocimientos recién adquiridos, conocimientos que me hacían sentir como un automóvil último modelo cero kilómetros, con el tanque de la gasolina repleto. Así que decidí no esperar a la ceremonia de mi grado y por ahí derecho hacerle un favor anticipado a alguna empresa, revisé cuidadosamente la lista de empresas candidatas, imprimí varias copias de mi curriculum, me hice tomar unas fotografías en las que mi cautivadora sonrisa me daba un coqueto aire a Brad Pitt, copié cuidadosamente las direcciones en cada uno de los sobres, empaqué todo y fui al servicio de correo a enviarlas.

Como ninguna empresa dudaría en contratar a alguien con mi talento; decidí enviar sólo algunos sobres, los dirigidos a las empresas más opcionadas y así empezar a mover mi currículum entre ellas; así que al día siguiente me dispuse a esperar las consecuentes llamadas telefónicas de mis candidatos a empleadores. Pasé el día completo pendiente del teléfono y como no recibí ninguna llamada, concluí que la empresa de mensajería que utilicé no era la más cumplida y que tal vez sería mañana el tan esperado día D.

Pasaron todos los días terminados en "s", es decir pasaron los lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábados y domingos y nada, cuando el teléfono sonaba no era para mí, y cuando era para mí, era de un ex-compañero de universidad para contarme que también andaba en lo mismo, en esperar a que alguna empresa recibiera su talentoso currículum. Así que comencé a sospechar que mis amigos también usaban la misma empresa de correos y que estos desgraciados estaban extraviando la valiosa correspondencia que les habíamos encomendado: nuestras intachables hojas de vida.

Pasó el día de mi grado y varios días más, y ya empezaba a dar muestras de impaciencia ante el aterrador silencio del teléfono, así que empecé a imaginar que tal vez el teléfono estaba malo y no entraban las llamadas, que tal vez la empresa de correspondencia había enviado mis sobres a Cisjordania o a Kosovo, o que tal vez las bellas y voluptuosas secretarias de las empresas al recibir un curriculum con mi espectacular fotografía habían decidido que yo era el hombre de sus sueños y ante la imposibilidad de un romance erótico sensual con un posible compañero de trabajo, preferían conservar los documentos y no pasarlos al departamento de selección para que me contrataran.

Seguían los días llegando sin noticias, hasta que un día recibí una llamada... era mi mejor compañero de clases, mi confidente, mi cómplice de academia, con quien tanto compartí, llamaba a contarme de su felicidad, pues lo habían llamado de una empresa multinacional para una entrevista al día siguiente (multinacional a la que yo también había enviado mi curriculum), así que esa noche no dormí pensando los motivos para que la maldita empresa no me hubiera llamado a mí y sí llamara a entrevista a ese penta catre triple doble hijo de p... pantufla (no servía para ningún deporte) que siempre me cayó mal, al que no le confiaría nada y con quien nunca me gustó compartir.

Pasaron dos días más y pasó también mi episodio de envidia, cómo iba a sentir envidia de ese gran compañero que siempre tuvo una palabra de aliento para mí, de ese amigo incondicional que me ayudaba en las tareas y los exámenes, cómo sentir envidia de un amigo del alma al que rechazaron en la primera entrevista con la empresa multinacional... bien sabía yo que él no servía para el cargo.

Luego de enviar varios miles de currículum, varias semanas después empecé a recibir respuestas de algunas empresas, me escribían para exaltar mis cualidades, pero concluyendo todas en que mi perfil profesional no era el que por ahora requerían y que guardarían tan valiosa información a la espera de una vacante. Al principio estas cartas sirvieron mucho para adular a mi ego que tan golpeado se había sentido al no encontrar rápidamente trabajo; pero luego al empezar a parecerse tanto entre ellas, (solo cambiaba el encabezado de la carta donde estaba el nombre de la empresa que me rechazaba); empecé a notar algo turbio. El tío de un amigo que trabajaba en el área de recursos humanos de una gran empresa, me confesó que dichas cartas eran solo un protocolo y que se enviaban sin distingo a los remitentes de los currículum que no clasificaban y me sugirió que intentara con una empresa del sector público que en esos días había empezado un proceso de reclutamiento de personal.

Alentado por tan esperanzadora noticia, me refiero a la noticia de que había una empresa necesitando personal, pues la noticia de que la carta era una proforma hizo que llamara a la marquetería para cancelar la orden de enmarcar las cartas que iba a exhibir orgulloso en mi cuarto; alentado de esa manera, me informé de los requisitos para acceder al cargo público. Eran en realidad pocos los requisitos, si nos atenemos a la enorme papelería que te exigen en el sector público para cualquier trámite; solo había que diligenciar 3 formularios HV-512 y las respectivas copias amarillas y rosadas; enviar 4 fotografías en blanco y negro, de ciertas dimensiones, donde aparecieras de frente y se te vieran las orejas, 5 estampillas para el fondo mutuo de inversión del sector agroindustrial, certificado de buena conducta expedido por la procuraduría, fiscalía y rentas municipales, copias de las actas de graduación desde kindergaten hasta Universidad, donde aparecieran las direcciones actualizadas de tus ex-compañeros, fotocopia de la cédula de ciudadanía, de la visa, del pasaporte, de la licencia de conducción, del carné de afiliación al equipo de fútbol preferido; dos declaraciones extrajuicio juramentadas ante notario, copias del examen de sangre, examen de orina, examen de materias fecales y examen de conciencia, certificado de idoneidad profesional expedido por la CIA, FBI, KGB, OTAN y NBA (bueno, el de la NBA era solo para los basquetbolistas, pero igual lo envié).

Una vez conseguidos estos previos y escasos requisitos, los anexé a mi ya famoso ridículum vitae y los envié con la esperanza de que al fin me llamaran para alguna entrevista de trabajo. En el sector público, según la constitución, cualquiera podría llegar a ser Presidente de la República u ocupar cargo público y aunque eso estaba ya más que demostrado, (sobre todo en lo que cualquiera llegaba a presidente), quería al menos intentar llegar a obtener una entrevista.

Luego de haber enviado un sobre con mi currículum y cuarenta sobres con los papeles que eran pre-requisito para lo del cargo en la entidad del sector público, comenzó mi angustiosa espera frente al teléfono. La mañana siguiente, me desperté sobresaltado con un repique insistente del aparato, al fin, la esperada llamada, la cita para la entrevista, mi primer empleo, el mundo a mis pies, en una milésima de segundo descolgué el teléfono y antes de decir aló, descubrí que el maldito reloj despertador imitaba a la perfección el sonido del teléfono. Aunque fue una falsa alarma, demostraba mi actitud ante la inminente llamada del destino, así que rápido, sin pérdida de tiempo pasé a la ducha, y luego a ponerme la mejor ropa para la posible entrevista. Vestido, afeitado, y oliendo a perfume, ensayaba frente al espejo las mejores posturas para acompañar las ingeniosas respuestas a las preguntas de mi posible entrevistador; la imagen mostraba una manera de expresarse, una forma de gesticular, que ni un político en plena campaña lograría mejorar.

Luego de casi una mañana de ensayo ante el espejo, que ya me empezaba a aburrir, sonó por primera vez el teléfono y allí estaba mi ágil brazo y mi melodiosa voz contestando... ¿aló? ¿a quién necesita? .... Claro... un momento... mamá es para ti... Mi madre al teléfono con su mejor amiga; no había previsto esa posibilidad, era un hecho cumplido que se tardarían más de lo normal en colgar el teléfono para dar espacio a que entrara mi tan esperada llamada, así que debía elaborar rápidamente un plan de reacción para retomar el control sobre el teléfono.

Mi hábil cerebro (sí, ese que aún no conseguía empleo en ninguna empresa) buscaba la estrategia que combinada con una excelente táctica, devolvería el teléfono a su estado original, una vez planeada la estratagema, la ejecución fue inmediata... mamá, muévete, vas a llegar tarde a la cita con papá y a él no le gusta esperar... Lo dicho, reacción inmediata, pronta despedida y por fin el teléfono disponible, sólo pasaron varios segundos y de nuevo, el repique del aparato, música celestial para mis oídos, ¿aló? ... ¿a quién necesitas? ... lo siento... estás marcando número equivocado. Qué irrespeto, marcar equivocado cuando necesito la línea libre, ahí suena de nuevo, ¿aló? ... hola, buenos días... sí, como no... un momento... "manita" (así le digo a mi hermanita) al teléfono, cuelga rápido que estoy esperando llamada o le digo a tu novio que ayer te fuiste a la discoteca con otro amigo... por supuesto la llamada duró poco. Pasó la mañana, la tarde, y varios días más en los que la historia narrada en los párrafos anteriores se repitió hasta agotarse y agotarme, aunque a veces con unas variaciones que me llenaban de negra envidia, pues también me llamaban ex-compañeros de la universidad a comentarme que los habían citado a entrevista.

Hasta que un día, por fin, mi espera se vio compensada, ahora ya surtían efecto las diecisiete velas encendidas, las trece novenas que le recé a San Antonio, las miles de promesas al Divino Niño Jesús, por fin la llamada que de tanto esperar me hacía desesperar. La cita sería dentro de los dos días siguientes. La velocidad tan aplastante con que pasaron los días después de recibir la llamada que me citaba (por fin) a una entrevista para un cargo en una empresa del sector público, no me dejó espacio para contarle de ella a todas las personas que yo quería enterar; sólo pude contarle a mis dos padres, dos hermanos, quince primos, doce tíos, cuatro abuelos, cuarenta y tres vecinos, veinticinco amigos y treinta y tres ex-compañeros de Universidad.

Así, que por fin me llamaban para una entrevista de trabajo, al fin una empresa se había dado cuenta de que contratarme traería consigo a un invaluable trabajador, un tomador nato de decisiones, un visionario, un gurú de las finanzas, un desempleado menos. Tenía muy clara en mi memoria la fecha y la hora para esta cita, no podía fallar nada, ya tenía planes para la compra del automóvil último modelo, sólo en el remoto caso de que la empresa no me proporcionara alguno; por supuesto, también tenía claro con que muebles haría redecorar mi amplia y confortable oficina; y por último pero no menos importante tenía claro el largo de la minifalda que debía lucir mi secretaria privada.

Me arreglé impecablemente, hasta lustré mis zapatillas negras y salí de mi casa confiando en que el mundo se rendiría a los pies de este conquistador; llegué temprano a la cita, quince minutos antes para sondear el territorio, para darle una primera y última mirada a esta empresa con ojos de visitante, pues yo sería de ese momento en adelante, el ejecutivo más prominente y respetado.

Había varias personas en el gran salón, que al parecer tenían dispuesto para la reunión, todos con ese fuego en los ojos que me parecía familiar; parecía que no se conocieran entre sí, unos miraban las carteleras, otros el ascensor, otros miraban la hora y algunos usaban su teléfono portátil celular, claro … a mí también me asignarían un práctico utensilio de esos, pensé.

Sólo una joven mujer, de aspecto normal, estaba tras un escritorio y al verme entrar me pidió que me acercara; ya lo suponía yo, una admiradora y aún sin empezar a trabajar... suponía mal, era la secretaria auxiliar de personal que requería mis datos, que firmara una constancia de llegada y que esperara a la persona encargada de las pruebas, le pregunté entonces si alguno de los que estaban presentes era el hombre clave y me dijo sonriendo que no, que todos ellos eran aspirantes. ¿Aspirantes?, que cargo tan extraño, ¿qué labores desempeñarían?, aunque debe ser muy bien remunerado, ya que todos parecían estar muy felices, con los zapatos bien lustrados y estrenando ropa; una nueva mirada al salón, me demostró que eran más y más los aspirantes que estaban como a la espera, ¿porqué no hacen nada productivo? me preguntaba, así que para irme socializando interrogué a una despampanante, voluptuosa y curvilínea rubia acerca de qué era lo concretamente ella estaba haciendo en esa empresa, me respondió de inmediato, y su respuesta me hizo abrir los ojos aún más de lo que los había abierto cuando noté bajo su escote las redondeces con que la había dotado la madre naturaleza (o quizás la madrina cirugía).

Me quedé de una sola pieza cuando ella me dijo que "hago lo mismo que tú y toda esta cantidad de profesionales recién graduados, vengo a lo de la entrevista, también soy aspirante al único cargo vacante de esta empresa". Ella con su respuesta había batido el récord de número de minutos en dejarme con la boca abierta, el depuesto récord de diez minutos lo tenía mi odontólogo.

Una conclusión rápida me llegó a la confundida y ahora desilusionada mente: el número de aspirantes al cargo es directamente proporcional a la necesidad de conseguirlo. Entonces allí estaba yo, perdido entre medio centenar de aspirantes al único cargo vacante para la empresa del sector público, sintiendo como mi ego profesional se escurría por debajo de la alfombra que cubría el piso del amplio salón que habían dispuesto para la cita. Un señor de edad avanzada, que por su apariencia nos superaba a todos en edad, con una relación de tres a uno, nos habló con voz fuerte y concreta, nos ordenó (literalmente) que por favor hiciéramos el silencio necesario para escucharlo (gritó "cállense") y ocupáramos las sillas dispuestas y distantes unas de otras (gritó "siéntense"). Continuó él, informándonos con su peculiar forma de hablar, que la selección del aspirante al cargo, se haría por partes y que ésta primera cita constituía de un sencillo cuestionario de selección múltiple que él llamó "prueba de selección" y que repartió entre los ansiosos y desorientados aspirantes.

El llamado sencillo cuestionario, resultó ser en realidad una prueba de conocimientos muy parecida a la que usaban en la Nasa para elegir a sus astronautas, porque tenía unas preguntas muy complicadas, así que cualquiera las hubiera dejado en blanco, cualquiera que no tuviera mi gran habilidad para seleccionar una respuesta entre varias sin tener que lanzar una moneda. La habilidad la había usado bastantes veces durante mis exámenes de la Universidad y consistía en ir cantando "tin marín de do pin güe, cucuru , macara, ti ti ri fué" y marcar como cierta la respuesta que coincidía con la terminación de la letra de la profunda canción.

Sin embargo, aunque yo iba contestando con mucha determinación las preguntas sencillas y usando el método arriba descrito para las preguntas difíciles, (lo que me permitía avanzar con rapidez), el número de preguntas se extendió mas allá de mi paciencia, mi tiempo y mi ansiedad; así que cuando dieron la orden de recoger, tuve que rellenar las quince preguntas que me restaban con la habilidad que me permitía el lápiz en mi cansada mano, y usando el difícil método científico del azar. Recogieron todas las hojas de preguntas y respuestas y quedaron en el salón muchas caras cansadas y con sensación de derrota, es que con tantos aspirantes y con esa manera de seleccionar quedaban pocas esperanzas de ser llamado a la siguiente prueba, y pocos ánimos para enfrentarse a la realidad de que no estábamos solos en este asunto de buscar nuestros primeros trabajos... trabajos, eso era lo que íbamos a pasar para conseguir un buen trabajo.

Haber acudido junto a medio centenar de aspirantes a la prueba de selección, cuyo extenso cuestionario yo respondí a conciencia, me fue dando herramientas (ya era hora) para enterarme que no estaba solo en esta búsqueda de trabajo y que la competencia iba a estar muy reñida. Sin embargo el destino premia a quien persevera y por supuesto a mí, que siempre he perseverado en los errores, no me iba a dejar sin regalo; así que el obsequio no se hizo esperar y me citaron para una segunda prueba.

Se había reducido considerablemente la cantidad de aspirantes, sólo quedábamos unas quince personas a las que al parecer nos iban a efectuar unos nuevos exámenes para seguir como en los reinados de belleza, hasta que solamente quedara una terna y escoger allí, reina, virreina y primera princesa; con la diferencia de que en este concurso solo habría reina, pues después del primero los demás serían perdedores.

Hablando de reinas, allí estaba de nuevo la despampanante rubia, la que me había hecho ver a la altura de las suelas de los zapatos con su acertada respuesta; se la veía serena, tranquila, en contraste con mi persona, pues me sentía nervioso, ansioso y con ganas de salir de una vez por todas del famoso examen usando mi ya demostrado método científico del azar en las respuestas. Pero el destino te cobra lo que te regala haciéndote malas jugadas, resulta que ahora el examen consistía en dos partes, una era algo así como un test de personalidad, cuyo nombre era como de asteroide intergaláctico (16PF) y el otro un cuestionario de motivación para el trabajo, cuyas siglas formaban un nombre de agencia de noticias (CMT). Obviamente, el método probado anteriormente no iba a dar resultados en este nuevo escenario y me tocó asincerarme y hacerme el diagnóstico clínico psicológico psiquiátrico, que me hizo sentir como analizado por el mismísimo Sigmund Freud y varios de sus secuaces.

Me preguntaban acerca de gustos, preferencias, formas de hacer, decisiones ante casos específicos, y lo extraño era que intercalaban las mismas preguntas pero hechas de una manera diferente, como buscando que te reafirmaras en tu respuesta anterior, o que te contradijeras, o te confundieras, o ninguna de las anteriores, o todas las anteriores, o no sabe no responde.

Terminé mi autodiagnóstico sin tener idea de cuáles deberían ser las respuestas correctas, pues todas parecían serlo, claro que había unas que reflejaban la manera como yo las resolvería y otras que reflejaban la manera como alguien experto las resolvería, así que siempre me decidí por las mías, confiado en que si no pasaba estas duras pruebas, de una vez por todas me enviarían al hospital mental o clínica de reposo, que me merecía.

Pasada esta dura prueba, quedamos 3 de los candidatos y nos hicieron pasar juntos a entrevista con el Jefe de Personal, yo me senté en el borde de la silla que me asignaron, otra joven se sentó en una silla a mi lado y la despampanante rubia se sentó a todo el frente del entrevistador, justo a la distancia de un mal pensamiento; pasó coquetamente su mano sobre su minifalda y cruzó las piernas... yo solo atiné a cruzar los dedos. El puesto lo obtuve yo, no supe como… luego les contaré como me va en el trabajo.


Thursday, April 14, 2005

Bilenio

Por: James G. Ballard



Durante todo el día, y a menudo en las primeras horas de la mañana, se oía el ruido de los pasos que subían y bajaban por la escalera. El cubículo de Ward había sido instalado en un cuarto estrecho, en la curva de la escalera entre el cuarto piso y el quinto, y las paredes de madera terciada se doblaban y crujían con cada paso en las vigas de un ruinoso molino de viento. En los tres últimos pisos de la vieja casa de vecindad vivían más de cien personas, y a veces Ward se quedaba despierto hasta las dos o tres de la mañana, tendido de espaldas en el catre, contando mecánicamente el número de inquilinos que regresaban del estadio cinematográfico nocturno a tres cuadras de distancia. A través de la ventana alcanzaba a oír unos largos fragmentos de diálogo amplificado que resonaban sobre los techos. El estadio no estaba nunca vacío. Durante el día la grúa alzaba el vasto cubo de la pantalla, despejando el terreno donde se sucederían luego los partidos de fútbol y las competencias deportivas. Para la gente que vivía alrededor del estadio el estruendo debía de ser insoportable.

Ward, por lo menos, disfrutaba de cierta intimidad. Hacía dos meses, antes de venir a vivir a la escalera, había compartido un cuarto con otros siete en un piso bajo de la calle 755, y la marea incesante que pasaba junto a la ventana le había dejado un agotamiento crónico. La calle estaba siempre colmada de gente: un clamor interminable de voces y de pies que se arrastraban. Cuando Ward despertaba a las seis y media, y corría a ocupar su sitio en la cola del baño, las multitudes ya cubrían la calle de acera a acera, y los trenes elevados que pasaban sobre las tiendas de enfrente puntuaban el estrépito cada medio minuto. Tan pronto como Ward vio el anuncio que describía el cubículo decidió mudarse, a pesar de lo elevado del alquiler. Como todos se pasaba la mayor parte del tiempo libre examinando los avisos clasificados en los periódicos, cambiando de vivienda por lo menos una vez cada dos meses. Un cubículo en una escalera seria con certeza algo privado.

Sin embargo, el cubículo tenía también sus inconveniencias. La mayoría de las noches los compañeros de la biblioteca iban a visitar a Ward, necesitando descansar los codos luego de los apretujones de la sala de lectura. El piso del cubículo tenia una superficie de poco más de cuatro metros cuadrados y medio, medio metro cuadrado más del máximo establecido para una persona, los carpinteros habían aprovechado, ilegalmente, el hueco dejado por el tubo de una chimenea empotrada. Esto había permitido poner una sillita de respaldo recto entre la cama y la puerta, de modo que no era necesario que se sentara más de una persona por vez en la cama. En la mayor parte de los cubículos simples el anfitrión y el huésped tengan que sentarse en la cama uno al lado del otro, conversando por encima del hombro y cambiando de lugar de cuando en cuando para evitar que se les endureciera el cuello.

- Has tenido suerte en encontrar este sitio - no se cansaba de decir Rossiter, el más asiduo de los visitantes. Se reclinó en la cama señalando el cubículo -. Es enorme, una perspectiva que da vértigos. No me sorprendería que tuvieras aquí cinco metros por lo menos, quizá seis.

Ward meneó categóricamente la cabeza. Rossiter era su amigo más íntimo, pero la búsqueda de espacio vital había desarrollado reflejos poderosos.

- Sólo cuatro y medio. Lo he medido cuidadosamente. No hay ninguna duda.

Rossiter alzó una ceja.

- Me asombras. Tiene que ser el cielo raso entonces.

El manejo de los cielos rasos era un recurso favorito de los propietarios inescrupulosos. E] alquiler se establecía a menudo por el área del cielo raso, e inclinando un poco hacia afuera las particiones de madera terciada se incrementaba la superficie del cubículo, para beneficio de un presunto inquilino (muchos matrimonios se decidían por este motivo a alquilar un cubículo simple) o se la reducía temporalmente cuando llegaba algún inspector de casas. Unas marcas de lápiz limitaban en los cielos rasos las posibles reclamaciones de los inquilinos vecinos. Si alguien no defendía firmemente sus derechos corría el peligro de perder la vida literalmente exprimido. En realidad los avisos «clientela tranquila» era comúnmente una invitación a actos de piratería semejantes.

- La pared se inclina un poco - admitió Ward -. Unos cuatro grados... Lo comprobé con una plomada. Pero aún queda sitio en las escaleras para que pase la gente.

Rossiter sonrió torciendo la boca.

- Por supuesto, John. Qué quieres, te tengo envidia. Mi cuarto me está volviendo loco.

Como todos Rossiter empleaba la palabra «cuarto» para describir los cubículos minúsculos, un doloroso recuerdo de los días de cincuenta años atrás cuando la gente vivía de veras en un cuarto, a veces, increíblemente, en una casa. Los microfilms de los catálogos de arquitectura mostraban escenas de museos, salas de concierto y otros edificios públicos, aparentemente muy comunes entonces, a menudo vacíos, donde dos o tres personas iban de un lado a otro por pasillos y escaleras enormes. El tránsito se movía libremente a lo largo del centro de las calles, y en los barrios más tranquilos era posible encontrar cincuenta metros o más de aceras desiertas.

Ahora, por supuesto, los edificios más viejos habían sido demolidos, y reemplazados por edificios de habitaciones. La vasta sala de banquetes de la Municipalidad había sido dividida horizontalmente en cuatro cubiertas de centenares de cubículos.

En cuanto a las calles, no había tránsito de vehículos desde hacía tiempo. Excepto unas pocas horas antes del alba cuando la gente se apretaba sólo en las aceras, las calles estaban continuamente ocupadas por una multitud que se arrastraba lentamente y no podía tener en cuenta los innumerables avisos de «conserve la izquierda» suspendidos en el aire, mientras se abría paso a empujones hacia las casas o las oficinas, vistiendo ropas polvorientas y deformes. Muy a menudo ocurrían «embotellamientos», cuando el gentío se encontraba en una bocacalle, y a veces esto duraba varios días. Dos años antes Ward había quedado aprisionado en las afueras del estadio, y durante cuatro días no pudo desprenderse de una jalea gigantesca de veinte mil personas, alimentada por las gentes que dejaban el estadio desde un lado y las que se acercaban del otro. Todo un kilómetro cuadrado del barrio había quedado paralizado, y Ward recordaba aún vívidamente aquella pesadilla: cómo había tenido que esforzarse por mantener el equilibrio mientras la jalea se movía y empujaba. Cuando al fin la policía cerró el estadio y dispersó a la multitud, Ward se arrastró a su cubículo y durmió una semana, el cuerpo cubierto de moretones.

- Oí decir que redujeron los espacios disponibles a tres metros y medio - señaló Rossiter.

Ward esperó a que unos inquilinos del sexto piso bajaran la escalera, sosteniendo la puerta para que no se saliera de quicio.

- Eso dicen siempre - comentó -. Recuerdo haber oído ese rumor hace diez años.

- No es un rumor - admitió Rossiter -. Pronto será inevitable. Treinta millones apretujados en esta ciudad, y un millón más cada año. Ha habido serias discusiones en el Departamento de Vivienda.

Ward sacudió la cabeza.

- Una resolución drástica de ese tipo es casi imposible. Habría que desmantelar todos los cuartos y clavar de nuevo los tabiques. Sólo las dificultades administrativas son inimaginables. Nuevos diseños y certificados para millones de cubículos, otorgamiento de nuevas licencias, y la redistribución de todos los inquilinos. Desde la ultima resolución la mayor parte de los edificios fueron diseñados de acuerdo con un módulo de cuatro metros. No puedes quitarle así como así medio metro a cada cubículo y establecer de ese modo que hay tantos nuevos cubículos. Habría algunos de no más de una pulgada de ancho. - Ward se rió. - Además, ¿quién puede vivir en tres metros y medio?

Rossiter sonrió.

- ¿Te parece un buen argumento? Hace veinticinco años, en la última resolución, dijeron lo mismo, cuando bajaron el mínimo de cinco a cuatro. No es posible, dijeron todos, nadie aguantaría vivir en cuatro metros. Cabría una cama y un armario pero no habría sitio para abrir la puerta. - Rossiter cloqueó. - Se equivocaban. Bastó decidir que desde entonces todas las puertas se abrirían hacia afuera. Y así nos quedamos con cuatro metros.

Ward miró el reloj pulsera. Eran las siete y media.

- Hora de comer. Veamos si podemos llegar al bar de enfrente.

Gruñendo ante la perspectiva, Rossiter se levantó de la cama. Salieron del cubículo y bajaron por la escalera. Las pilas de valijas, baúles y cajones dejaban apenas espacio libre junto al pasamano, pero algo más que en los pisos bajos. Los corredores, bastante anchos, habían sido divididos en cubículos simples. Había olor a cerrado, y en las paredes de cartón colgaban ropas húmedas y despensas improvisadas. En cada una de las cinco habitaciones de cada piso había doce inquilinos y las voces reverberaban atravesando los tabiques.

La gente estaba sentada en los escalones del segundo piso, utilizando la escalera como vestíbulo informal, aunque esto estaba prohibido en las normas contra incendios, y las mujeres charlaban con los hombres que esperaban turno frente a los baños, mientras los niños se movían alrededor. Cuando llegaron a la planta baja, Ward y Rossiter tuvieron que abrirse paso entre los inquilinos que se apretaban en los últimos escalones, alrededor de los tableros de noticias, o que venían empujando desde la calle.

Tomando aliento, Ward señaló el bar del otro lado de la calle. Estaba sólo a treinta metros, pero la multitud fluía calle abajo como un río crecido, de derecha a izquierda. La primera función en el estadio comenzaba a las nueve, y la gente ya se había puesto en camino para no quedarse afuera.

- ¿No podemos ir a otra parte? - preguntó Rossiter, torciendo la cara. No sólo encontrarían colmado el bar, de modo que pasaría media hora antes que los atendieran, sino que la comida era además insulsa y poco apetecible. El viaje de cuatro cuadras desde la biblioteca le había abierto el apetito.

Ward se encogió de hombros.

- Hay un sitio en la esquina, pero me parece difícil que podamos llegar.

El bar estaba a doscientos metros calle arriba, y tendrían que luchar todo el tiempo contra la corriente.

- Quizá tengas razón. - Rossiter apoyó la mano en el hombro de Ward. - Sabes, John, lo que ocurre contigo es que no vas a ninguna parte, no pones interés en nada, y no ves qué mal andan las cosas.

Ward asintió. Rossiter tenía razón. A la mañana, cuando salía para la biblioteca, el tránsito de peatones se movía junto con él hacia el barrio de oficinas; a la noche, de vuelta, fluía en la otra dirección. En general no dejaba esta rutina. Criado desde los diez años en una residencia municipal de pupilos había ido perdiendo contacto con sus padres, poco a poco. Vivían en el extremo este de la ciudad y no podían ir a visitarlo, o no tenían ganas. Habiéndose entregado voluntariamente a la dinámica de la ciudad, Ward se resistía a rebelarse en nombre de una mejor taza de café. Por fortuna, el trabajo en la biblioteca lo ponía en contacto con mucha gente joven de intereses afines. Tarde o temprano se casaría, encontraría un cubículo doble cerca de la biblioteca, e iniciaría otra vida.

Si tenían bastantes hijos (tres era el mínimo requerido) hasta podrían vivir un día en un cuarto propio.

Ward y Rossiter entraron en la corriente de peatones, se dejaron llevar unos veinte o treinta metros, y luego apresuraron el paso y fueron avanzando de costado a través de la multitud, hasta llegar al otro lado de la calle. Allí, al amparo de los frentes de las tiendas, volvieron hacia el bar, cruzados de brazos para defenderse de las innumerables colisiones.

- ¿Cuáles son las últimas cifras de población? - preguntó Ward mientras bordeaban un kiosco de cigarrillos, dando un paso adelante cada vez que descubrían un hueco.

Rossiter sonrió.

- Lo siento, John. Me gustaría decírtelo, pero podrías desencadenar una estampida. Además, no me creerías.

Rossiter trabajaba en el departamento municipal de seguros, y tenía fácil acceso a las estadísticas del censo. Durante los últimos diez años estas estadísticas habían sido clasificadas como secretas, en parte porque se consideraban inexactas, pero sobre todo porque se temía que provocaran un ataque masivo de claustrofobia. Ya habían sobrevenido algunas crisis de pánico, y la política oficial era ahora declarar que la población mundial había llegado a un nivel estable de veinte mil millones. Nadie lo creía, y Ward pensaba que el crecimiento anual del tres por ciento seguía manteniéndose desde 1960.

Durante cuánto tiempo se mantendría así era imposible decirlo. A pesar de las sombrías profecías de los neomaltusianos, la agricultura había crecido adecuadamente junto con la población mundial, aunque los cultivos intensivos habían obligado a que el noventa y cinco por ciento de la población viviera permanentemente encerrada en vastas zonas urbanas. El área de las ciudades había sido limitada al fin, pues la agricultura había reclamado las superficies suburbanas de todo el mundo, y el exceso de habitantes había sido confinado en los ghettos urbanos. El campo como tal ya no existía. En cada metro cuadrado de tierra crecía algún tipo de planta comestible. Los prados y praderas del mundo eran ahora terrenos industriales tan mecanizados y cerrados al público como cualquier área de fábricas. Las rivalidades económicas e ideológicas se habían desvanecido ante el problema fundamental: la colonización interna de la ciudad.

Ward y Rossiter llegaron al bar y entraron a empellones uniéndose al montón de clientes que se apretaba en seis filas contra el mostrador.

- Lo malo con este problema de la población - le confió Ward a Rossiter - es que nadie ha tratado nunca de enfrentarlo de veras. Hace cincuenta años un nacionalismo miope y la expansión industrial alentaron el crecimiento de la población, y aun ahora el incentivo oculto es tener una familia numerosa para ganar así una cierta intimidad. La gente soltera es la más castigada, pues no sólo es la más numerosa sino que además no se la puede meter adecuadamente en cubículos dobles o triples. Pero el villano de la historia es la familia numerosa, que necesita el auxilio de una logística de ahorro de espacio.

Rossiter asintió, acercándose al mostrador, preparado para gritar su pedido.

- Demasiado cierto. Todos deseamos casarnos para conseguir los seis metros propios.

Dos muchachas se volvieron y sonrieron.

- Seis metros cuadrados - dijo una de ellas, una muchacha morena, de bonito rostro oval -. Me parece que es usted la clase de joven que necesito conocer. ¿Decidido a entrar en el negocio inmobiliario, Peter?

Rossiter sonrió con una mueca y le apretó el brazo.

- Hola, Judith. Estoy pensándolo de veras. ¿Me acompañas en esta empresa privada?

La muchacha se apoyó contra Rossiter mientras llegaban al mostrador.

- Bueno, me agradaría. Necesitaríamos un contrato legal, sin embargo.

La otra muchacha, Helen Waring, una ayudanta de la biblioteca, tiró de la manga de Ward.

- ¿Oíste la última noticia, John? A Judith y a mí nos echaron del cuarto. Estamos literalmente en la calle.

- ¿Qué? - gritó Rossiter. Juntaron las sopas y los cafés y fueron al fondo del bar -. ¿Qué diablos ha pasado?

Helen explicó:

- ¿Recuerdas el armarito de las escobas frente a nuestro cuarto? Judith y yo estábamos utilizándolo como una especie de refugio, y nos metíamos allí a leer. Es tranquilo y cómodo, si te acostumbras a no respirar. Bueno, la vieja nos descubrió y armó un alboroto, diciendo que quebrantábamos la ley y cosas parecidas. - Helen hizo una pausa. - Luego supimos que alquilará el armario como cuarto para uno.

Rossiter golpeó el borde del mostrador.

- ¿Un armario de escobas? ¿Alguien va a vivir ahí? Pero a la vieja no le darán un permiso.

Judith meneó la cabeza.

- Ya se lo dieron. Tiene un hermano que trabaja en el Departamento de Vivienda.

Ward rió inclinado sobre la sopa.

- ¿Pero cómo podrá alquilarlo? Nadie querrá vivir en un armario de escobas.

Judith lo miró sombríamente.

- ¿Lo crees de veras, John?

Ward dejó caer la cuchara.

- No, supongo que tienes razón. La gente vivirá en cualquier sitio. Cielos, no sé quién me da más lástima. Vosotras dos, o el pobre diablo que vivirá en ese armario. ¿Qué vais a hacer?

- Una pareja a dos manzanas de aquí nos subalquilan un cubículo. Han colgado una sábana en el medio y Helen y yo dormimos por turno en un catre de campaña. No es broma; nuestro cuarto tiene sesenta centímetros de ancho.

- Le dije a Helen que podríamos subdividirlo también en dos y subalquilarlo al doble de lo que nos cuesta.

Todos rieron de buena gana, y Ward se despidió y volvió a su casa.

Allí se encontró con problemas parecidos.

El administrador se apoyó en la puerta endeble, moviendo en la boca una colilla húmeda de cigarro, y mirando a Ward con una expresión de fatigado aburrimiento.

- Usted tiene cuatro metros setenta y dos - dijo cerrándole el paso a Ward que estaba de pie en la escalera. Dos mujeres de bata discutían tironeando furiosamente de la pared de baúles y valijas. De cuando en cuando el administrador las miraba enojado -. Cuatro setenta y dos. Lo medí dos veces.

Lo dijo como si esto eliminara toda posibilidad de discusión.

- ¿Techo o piso? - preguntó Ward.

- Techo, por supuesto. ¿Cómo podría medir el piso con todos estos trastos?

El administrador pateó la caja de libros que asomaba debajo de la cama.

Ward se hizo el distraído.

- La pared está bastante inclinada - dijo -. Tres o cuatro grados por lo menos.

El administrador asintió vagamente.

- Ha superado usted el límite de los cuatro. Es indiscutible. - Se volvió hacia Ward que había descendido varios escalones para dar paso a una pareja. - Yo podría alquilarlo como doble.

- ¿Qué? ¿Un cuarto de cuatro y medio? - dijo Ward, incrédulo -. ¿Cómo?

El hombre que acababa de pasar junto a Ward miró por encima del hombro del administrador y vio todos los detalles del cuarto en una ojeada de un segundo.

- ¿Alquila aquí un doble, Louie?

El administrador lo apartó con un ademán, hizo entrar a Ward en el cuarto y cerró la puerta.

- Equivale nominalmente a uno de cinco - le dijo a Ward -. Nuevas normas, acaban de salir. Más de cuatro y medio es ahora un doble. - Miró astutamente a Ward. - Bueno, ¿qué quiere? Un buen cuarto, hay espacio de sobra, casi podría ser un triple. Tiene acceso a la escalera, ranura - ventana... - El administrador se interrumpió. Ward se había dejado caer en la cama y se había echado a reír. - ¿Qué pasa? Mire, si quiere un cuarto grande como este tiene que pagarlo. Me da medio alquiler más o se larga de aquí.

Ward se secó los ojos, luego se incorporó cansadamente y llevó las manos a los estantes.

- Tranquilícese, ya me marcho. Me voy a vivir a un armario de escobas. «Acceso a la escalera», verdaderamente un lujo. Dígame, Louie, ¿hay vida en Urano?

Por un tiempo, él y Rossiter decidieron alquilar juntos un cubículo doble en una casa semiabandonada a cien metros de la biblioteca. El barrio era sucio y descolorido, y las casas de vecindad estaban atestadas de inquilinos. La mayoría de esas casas pertenecían a personas que estaban ausentes o a la corporación municipal, y empleaban a administradores de la peor calaña, simples cobradores que no se preocupaban en lo más mínimo por la forma en que los inquilinos dividían el espacio vital, y nunca se arriesgaban más allá de los primeros pisos. Había botellas y latas vacías esparcidas por los pasillos, y los retretes parecían sumideros. Muchos de los inquilinos eran viejos achacosos, sentados con indiferencia en los estrechos cubículos, espalda contra espalda a los lados de los delgados tabiques, consolándose mutuamente.

El cubículo doble de Ward y Rossiter estaba en el tercer piso, al final de un pasillo que rodeaba la casa. La arquitectura era imposible de seguir; por todas partes asomaban habitaciones, y afortunadamente el pasillo terminaba en el cubículo doble. Los montones de cajas llegaban a un metro de la pared y un tabique dividía el cubículo, dejando el espacio justo para dos camas. Una ventana alta daba al pozo de aire entre ese edificio y el siguiente.

Tendido en la cama, debajo del estante donde tenían las pertenencias de los dos, Ward observaba pensativo el techo de la biblioteca entre la bruma del atardecer.

- No se está mal aquí - dijo Rossiter, vaciando la valija -. Sé que no hay una verdadera intimidad y que nos enloqueceremos mutuamente dentro de una semana, pero por lo menos no tenemos a seis personas respirándonos en las orejas a cincuenta centímetros de distancia.

El cubículo más cercano, uno individual, había sido construido con cajas a lo largo del corredor, a media docena de pasos, pero el ocupante, un hombre de setenta años, estaba postrado en cama y era sordo.

- No se está mal - remedó Ward de mala gana -. Ahora dime cuál es el último índice de - crecimiento demográfico. Quizá me consuele.

Rossiter hizo una pausa, bajando la voz.

- El cuatro por ciento. Ochocientos millones de personas por año, poco menos que la población total de la tierra en 1950.

Ward silbó lentamente.

- Entonces harán un reajuste. ¿Cuánto? ¿Tres y medio?

- Tres. Desde los primeros días del año próximo.

- ¡Tres metros cuadrados! - Ward se incorporó y miró alrededor. - ¡Es increíble! El mundo está enloqueciendo, Rossiter. Dios mío, ¿cuándo pararán? ¿Te das cuenta que dentro de poco no habrá sitio para sentarse, y mucho menos para acostarse?

Exacerbado, golpeó la pared junto a él; al segundo golpe desprendió un pequeño tablero empapelado.

- ¡Eh! - gritó Rossiter -. Estás destrozando el cuarto.

Se lanzó por encima de la cama para volver a poner en su sitio el tablero que colgaba ahora de una tira de papel. Ward deslizó la mano en el hueco negro, y cuidadosamente tiró del tablero hacia la cama.

- ¿Quién vivirá del otro lado? - susurró Rossiter -. ¿Habrán oído?

Ward atisbó por el hueco, examinando la penumbra. De pronto soltó el tablero, tomó a Rossiter por el hombro y tiró de él hacia la cama.

- ¡Henry! ¡Mira!

Rossiter se sacó la mano de Ward de encima y acercó la cara a la abertura; enfocó lentamente la mirada y luego ahogó una exclamación.

Directamente delante de ellos, apenas iluminado por un tragaluz sucio, se abría un cuarto mediano, tal vez de una superficie de cuatro metros y medio, donde no había otra cosa que el polvo acumulado contra el zócalo. El piso estaba desnudo, atravesado por unas pocas rayas de linóleo gastado; un diseño floral monótono cubría las paredes. El papel se había despegado en algunos sitios, pero fuera de eso el cuarto parecía habitable.

Conteniendo la respiración, Ward cerró con un pie la puerta del cubículo, y luego se volvió hacia Rossiter.

- Henry, ¿te das cuenta de lo que hemos descubierto? ¿Te das cuenta, hombre?

- Cállate. Por el amor de Dios, baja la voz. - Rossiter examinó el cuarto cuidadosamente. - Es fantástico. Estoy tratando de ver si alguien lo ha usado en los últimos tiempos.

- Desde luego que no - señaló Ward -. Es evidente. Ese cuarto no tiene puerta. La puerta es donde nosotros estamos ahora. Seguramente la taparon con el tablero hace años, y se olvidaron. Mira cuánta suciedad.

Rossiter contemplaba el cuarto, y aquella inmensidad le producía vértigos.

- Tienes razón - murmuró -. Bueno, ¿cuándo nos mudamos?

Arrancaron uno por uno los tableros de la parte inferior de la puerta, y los clavaron en un marco, que podían sacar y poner rápidamente, disimulando la entrada.

Luego escogieron una tarde en que la casa estaba prácticamente vacía y el administrador dormido en la oficina del subsuelo, e irrumpieron por primera vez en el cuarto; entró Ward solo mientras Rossiter montaba guardia en el cubículo.

Durante una hora se turnaron, caminando silenciosamente por el cuarto polvoriento, estirando los brazos para sentir aquel vacío ilimitado, descubriendo la sensación de una libertad espacial absoluta. Aunque más reducido que la mayoría de los cuartos subdivididos donde habían vivido antes éste parecía infinitamente mayor, las paredes unos acantilados inmensos que subían hacia el tragaluz.

Finalmente, dos o tres días después, se mudaron al nuevo cuarto.

Durante la primera semana Rossiter durmió solo allí, y Ward en el cubículo, donde pasaban el día entero juntos.

Poco a poco fueron introduciendo algunos muebles: dos sillones, una mesa, una lámpara que conectaron al portalámparas del cubículo. Los muebles eran pesados y victorianos, los más baratos que encontraron, y su tamaño acentuaba el vacío de la habitación. El orgullo principal era un enorme armario de caoba, con ángeles tallados y espejos encastillados, que tuvieron que desarmar y llevar a pedazos en las valijas. Se elevaba ahora junto a ellos, y a Ward le recordaba unos microfilms de catedrales góticas, - unos órganos inmensos que cubrían paredes de naves.

Luego de tres semanas dormían los dos en el cuarto, el cubículo les parecía insoportablemente estrecho. Una imitación de biombo japonés dividía adecuadamente el cuarto, sin quitarle espacio. Sentado allí a las tardes, rodeado de libros y álbumes, Ward iba olvidando poco a poco la ciudad de allá afuera. Afortunadamente llegaba a la biblioteca por un callejón escondido y evitaba así las calles atestadas. Rossiter y él mismo le comenzaron a parecer las dos únicas personas reales, todos los demás un inane producto lateral, réplicas casuales que ambulaban ahora por el mundo.

Fue Rossiter quien sugirió pedirles a las dos muchachas que compartiesen el cuarto.

- Las han vuelto a echar, y quizá tengan que separarse - le dijo a Ward, evidentemente preocupado de que Judith cayese en mala compañía -. Siempre hay congelación de alquileres después de una reevaluación, pero todos los propietarios lo saben y entonces no alquilan hasta que les conviene. Se está volviendo muy difícil encontrar sitio.

Ward asintió, y fue al otro lado de la mesa circular de madera roja. Se puso a jugar con una borla de la pantalla verde arsénico de la lámpara, y por un momento se sintió como un hombre de letras victoriano que llevaba una vida cómoda y espaciosa en una sala atestada de muebles.

- Estoy totalmente de acuerdo - dijo, señalando los rincones vacíos -. Hay sitio de sobra aquí. Pero tendremos que asegurarnos de que no se les escapará una palabra.

Luego de tomar las debidas precauciones, hicieron participar del secreto a las dos muchachas, que contemplaron embelesadas aquel universo privado. - Pondremos un tabique en el medio - explicó Rossiter -, y lo sacaremos todas las mañanas. Podrán mudarse aquí en un par de días. ¿Qué les parece?

- ¡Maravilloso!

Las jóvenes miraron el armario con ojos muy abiertos, y bizquearon ante las infinitas imágenes reflejadas en los espejos.

No tuvieron dificultades para entrar y salir. El movimiento de inquilinos era continuo y las facturas las ponían en el buzón. A nadie le importó quiénes eran las muchachas y nadie prestó atención a aquellas visitas regulares al cubículo.

Sin embargo, media hora después de la llegada, ninguna de las muchachas había vaciado las valijas.

- ¿Qué pasa, Judith? - preguntó Ward, caminando de lado entre las camas de las jóvenes hasta el estrecho hueco entre la mesa y el armario.

Judith vaciló, mirando a Ward y luego a Rossiter, que estaba sentado en su cama, terminando de preparar el tabique de madera.

- John, lo que pasa es que...

Helen Waring, más directa, tomó la palabra, mientras alisaba el cubrecama con los dedos.

- Lo que Judith está tratando de decir es que nuestra posición aquí es un poco embarazosa. El tabique es...

Rossiter se puso de pie.

- Por amor de Dios, Helen, no te preocupes - la tranquilizó, hablando en aquella especie de susurro fuerte que todos habían cultivado sin darse cuenta -. Nada de cosas raras, podéis confiar en nosotros. El tabique es sólido como una roca.

Las dos muchachas asintieron.

- - explicó Helen -, pero no está puesto todo el tiempo. Pensamos que si hubiera aquí una persona mayor, por ejemplo la tía de Judith, que no ocuparía mucho espacio y no causaría ninguna molestia porque es muy agradable, no tendríamos que preocuparnos del tabique... más que a la noche - agregó rápidamente.

Ward lanzó una mirada a Rossiter, que se encogió de hombros y se puso a estudiar el suelo.

- Bueno, es una solución - dijo Rossiter -. John y yo sabemos cómo se sienten. ¿Por qué no?

- Sí, claro - coincidió Ward. Señaló el espacio entre las camas de las muchachas y la mesa -. Uno más no se notará.

Las muchachas estallaron en gritos de alegría. Judith se acercó a Rossiter y lo besó en la mejilla.

- Perdóname que sea tan pesada, Henry. - Judith sonrió. - Qué tabique más maravilloso has hecho. ¿No podrías hacer otro para mi tía, uno pequeño? Es muy dulce pero se está volviendo vieja.

- Naturalmente - dijo Rossiter -. Te entiendo. Me queda madera de sobra.

Ward miró el reloj. - Son las siete y media, Judith. Deberías ponerte en contacto con tu tía. No sé si tendrá tiempo de llegar esta noche.

Judith se abotonó el abrigo.

- Oh, sí - le aseguró a Ward -. Volveré en un instante.

La tía llegó a los cinco minutos, con tres pesadas valijas.

- Es asombroso - observó Ward a Rossiter tres meses después -. El tamaño de este cuarto todavía me produce vértigos. Es casi más grande cada día que pasa.

Rossiter asintió rápidamente, evitando mirar a una de las muchachas que se estaba cambiando detrás del tabique central. Ahora nunca sacaban ese tabique, porque desarmarlo todos los días se había vuelto pesado. Además, el tabique secundario de la tía estaba pegado a ese, y a ella no le gustaba que la molestasen. Asegurarse de que entrara y saliera correctamente por la puerta camuflada ya era bastante difícil.

A pesar de eso parecía improbable que los descubriesen. Evidentemente el cuarto había sido un agregado construido sobre el pozo central del edificio, y las valijas apiladas en el pasillo circundante amortiguaban todos los ruidos. Directamente debajo había un pequeño dormitorio ocupado por varias mujeres mayores, y la tía de Judith, que las visitaba regularmente, juraba que no oía ningún sonido a través del grueso cielo raso. Arriba, la luz que salía por el tragaluz no se podía distinguir de los otros cientos de lámparas encendidas en las ventanas de la casa.

Rossiter terminó de preparar el nuevo tabique y lo levantó entre su cama y la de Ward, ajustándolo en las ranuras de la pared. Habían coincidido en que eso les daría un poco más de intimidad.

- Seguramente tendré que hacerles uno a Judith y Helen - le confió a Ward.

Ward se acomodó la almohada. Habían devuelto los dos sillones a la mueblería porque ocupaban demasiado espacio. La cama, en cualquier caso, era más cómoda. Nunca se había acostumbrado del todo a la tapicería blanda.

- No es mala idea. ¿Y qué te parece si instaláramos unos estantes en las paredes? No hay sitio donde poner algo.

La instalación de los estantes ordenó considerablemente el cuarto, despejando grandes zonas del piso. Separadas por los tabiques, las cinco camas estaban dispuestas en fila a lo largo de la pared del fondo, mirando al armario de caoba. Entre las camas y el armario había un espacio libre de poco más de un metro, y dos metros a cada lado del armario.

La visión de tanto espacio fascinaba a Ward. Cuando Rossiter comentó que la madre de Helen estaba enferma y que necesitaba urgente cuidado personal, él supo en seguida dónde podrían ponerla: al pie de su propia cama, entre el armario y la pared lateral.

Helen rebosaba de alegría.

- Eres tan bueno, John - le dijo -; pero, ¿te importaría que mamá durmiese a mi lado? Hay espacio suficiente para meter otra cama.

Rossiter desarmó los tabiques y los puso más juntos. Ahora había seis camas a lo largo de la pared. Eso daba a cada cama un intervalo de unos setenta y cinco centímetros, lo justo para sacar los pies por el costado. Tendido boca arriba en la última cama de la derecha, los estantes a medio metro por encima de la cabeza, Ward casi no podía ver el armario, pero nada interrumpía el espacio que tenía delante, unos dos metros hasta la pared.

Entonces llegó el padre de Helen.

Ward golpeó en la puerta del cubículo y le sonrió a la tía de Judith mientras ella lo hacía pasar. La ayudó a poner en su sitio la cama que guardaba la entrada, y luego llamó en el panel de madera. Un momento después el padre de Helen, un hombre pequeño y canoso, de camiseta y tirantes sujetos con un cordel a los pantalones, apartó la madera.

Ward lo saludó con una inclinación de cabeza y caminó por encima de las pilas de valijas que había en el suelo, al pie de las camas. Helen estaba en el cubículo materno, ayudando a la anciana a tomar el caldo de la tarde. Rossiter, arrodillado junto al armario, transpiraba copiosamente tratando de sacar con una palanca de hierro el marco del espejo central. Sobre la cama y en el suelo había pedazos del armario.

- Tendremos que empezar a sacar todo esto mañana - le dijo Rossiter. Ward esperó a que el padre de Helen pasara y entrara en su cubículo. Se había fabricado una pequeña puerta de cartón, y la cerraba por dentro con un tosco gancho de alambre.

Rossiter lo miró y arrugó el ceño, furioso.

- Alguna gente es feliz. Este armario da un trabajo enorme. ¿Cómo se nos habrá ocurrido comprarlo?

Ward se sentó en la cama. El tabique le apretaba las rodillas y casi no podía moverse. Miró hacia arriba mientras Rossiter estaba ocupado y descubrió que la línea divisoria que él había marcado a lápiz estaba tapada por el tabique. Apoyándose en la pared, trató de empujarlo y volverlo a su lugar, pero aparentemente Rossiter había clavado el borde inferior contra el suelo.

Hubo un golpe seco en la puerta del cubículo que daba al pasillo: Judith que volvía de la oficina. Ward comenzó a levantarse y se sentó de nuevo.

- Señor Waring - dijo suavemente. Era la noche que le tocaba hacer guardia al anciano.

Waring se acercó a la puerta del cubículo arrastrando los pies y la abrió haciendo bastante ruido, cloqueando entre dientes.

- Arriba y abajo, arriba y abajo - murmuró. Tropezó con la bolsa de herramientas de Rossiter y lanzó un juramento en voz alta; luego agregó por encima del hombro, de mal humor -: Si me preguntan les diré que hay aquí demasiadas personas. Abajo hay sólo seis, no siete como aquí, y en un cuarto del mismo tamaño.

Ward asintió vagamente y se volvió a estirar sobre la cama estrecha, tratando de no golpearse la cabeza contra los estantes. Waring no era el primero en sugerirle que se fuera. La tía de Judith le había hecho una insinuación similar dos días antes. Desde que había dejado el empleo de la biblioteca (el alquiler que cobraba a los demás le alcanzaba para comprarse los pocos alimentos que necesitaba) Ward se pasaba la mayor parte del tiempo en el cuarto, viendo al viejo más de lo que deseaba, pero había aprendido a tolerarlo.

Tratando de calmarse, descubrió que alguien había desmontado la espira derecha del armario, todo lo que él había podido ver en los dos últimos meses.

Había sido una hermosa pieza, que simbolizaba de algún modo todo ese mundo privado, y el vendedor le había dicho en la tienda que quedaban pocos muebles como ese. Por un instante Ward sintió un repentino espasmo de dolor, como cuando era niño y el padre le quitaba algo en un arrebato de exasperación y él sabía que nunca volvería a tenerlo.

En seguida se tranquilizó. Era un hermoso armario, sin duda, pero cuando no estuviese allí el cuarto parecería todavía más grande.



Wednesday, April 13, 2005

Halid Majid el achicharrado

Por: Roberto Arlt



Una misma historia puede comenzarse a narrar de diferentes modos, y la historia de Enriqueta Dogson y de Dais el Bint Abdalla no cabe sino narrarse de éste:

Enriqueta Dogson era una chiflada.

A la semana de irse a vivir a Tánger se lanzó a la calle vestida de mora estilizada y decorativa. Es decir, calzando chinelas rojas, pantalones amarillos, una especie de abullonada faldacorsé de color verde y el renegrido cabello suelto sobre los hombros, como los de una mujer desesperada. Su salida fue un éxito. Los perros le ladraban alarmados, y todos los granujillas de las fortificaciones del zoco la seguían en manifestación entusiasta. Los cordeleros, sastrecillos y tintoreros abandonaban estupefactos su trabajo para verla pasar.

El Capitán Silver, que embadurnaba telas de un modo abominable, hizo un retrato de Enriqueta Dogson en esta facha, y para agravar su crimen, situó tras ella dos forajidos ventrudos, cara de luna de betún y labios como rajas de sandía. Semejantes sujetos, vestidos al modo bizantino, podían ser eunucos, verdugos, o sabe Alá qué. Imposible establecer quién era más loco, si el pintor Silver o la millonaria disfrazada.

Enriqueta Dogson envió el retrato al bufete de su padre, en Nueva York. El viejo Dogson, un hombre razonable, se echó a reír a carcajadas al descubrir a su hija empastelada al modo islámico, y dirigiéndose al doctor Fancy le dijo:

-¿De dónde habrá sacado semejante disfraz esta muchacha? Le juro, mi querido doctor, que ni registrando con una linterna todos los países musulmanes descubriremos una sola mujer que se eche a cuestas tal traje. Es absurdo.

Dicho esto, el viejo Dogson meneó la cabeza estupefacto, al tiempo que risueñamente se decía que el disfraz de su hija podía provocar un conflicto internacional. Luego se encogió de hombros. Los hijos servían quizá para eso. Para divertirle a uno con las burradas que perpetraban.

El que no se encogió de hombros fue el anciano Faraj el Bint Abdalla.

Faraj el Bint Abdalla estaba amostazado.

En Tánger no se hacía otra cosa que mormurar el enamoramiento de su hijo Dais con esta extranjera fantasiosa.

Un amor con una musulmana es el ideal de todo europeo. Una intriga con un árabe, el más glorioso recuerdo que puede llevarse una muchacha occidental. Enriqueta Dogson era consecuente con este punto de vista. Se podían ver fotografías de ella en compañía de Dais el Bint Abdalla. En la orilla del Mediterráneo, sobre las murallas, recostada a lo largo de los antiguos cañones portugueses, con Dais el Bint Abdalla sentado melancólicamente a su lado. También aparecía Enriqueta en el palacio del ex sultán, con el joven Dais a su lado; a la entrada de la mezquita, con el joven Dais sentado a sus pies; en una grada del pórtico, en el zoco, con el joven Dais ofreciéndole un ramo de rosas; bajo un grupo de palmeras, más allá de la "Puerta del Castigo". Aquello era sencillamente delicioso.

Realmente, al viejo Faraj el Bint Abdalla no le faltaban razones para andar amostazado.

El joven Dais el Bint Abdalla se había ido enamorando. Secretamente pensaba renunciar a la religión musulmana, en cambiar la chilaba, las babuchas y el fez por un correcto traje europeo y un hongo discreto, y abandonar a su familia para ir en seguimiento de Enriqueta Dogson. Tales disparates pensaba muy secretamente y con temor oscuro, porque no había podido olvidar ciertos versículos del Corán que en su infancia le habían valido buenas tandas de palos en la planta de los pies, y el Corán estaba incrustado en su vida, y no dejaba de comprender que estaba acercando su vida a una peligrosa playa ignorada.

El viejo Faraj el Bint Abdalla le vigilaba con los ojos bien abiertos.

Sin pérdida de tiempo le escribió a su corresponsal en la isla de Java, en Bali, y un mes después recibió una respuesta afirmativa. Podía enviar su hijo a Java. Se haría cargo de él su amigo el usurero Hassan.

Cierto es que el Corán prohíbe terminantemente la usura; pero esto es con los musulmanes, y el astuto Hassan, en la isla de Java, ejercía la usura no con los musulmanes sino con los infieles, es decir, con los campesinos chinos y budistas. El Corán no prohíbe beneficiarse con la hacienda de los incrédulos.

El viejo Faraj, una vez recibida la respuesta de Java, llamó a su hijo Dais a la sala de abluciones de su casa, y sentado frente a él, mientras el joven permanecía respetuosamente de pie, le dijo:

-Sé que te has enamorado de una perra infiel. ¿Pretendes que la cólera de Alá ruede sobre nuestras cabezas? ¿Sabes tú lo que encierran los sesos de carnero de una mujer extranjera a tu raza y a tu religión? ¿De una mujer que se pasea semidesnuda entre los hombres, mostrándoles sus piernas y su rostro y bebiendo como una mula, no agua, sino licores?

Dais el Bint Abdalla permanecía silencioso, como cuadra a un buen hijo.

El viejo Faraj continuó:

-Te has enredado como un camello en tus propias cuerdas. ¿Has olvidado la dignidad que te debes a ti mismo y a tu familia y los peligros que encierra para un piadoso creyente el reiterado trato con una mujerzuela oriunda sabe Alá de qué familia? Prepara tu equipaje y apréstate a partir para Java. Irás a trabajar a la casa de mi amigo Hassan, el prestamista. Pero antes de salir, ve a la casa de Hacmet y dile que te haga conocer a su abuelo. Y que su abuelo te muestre su cuerpo desnudo.

Por primera vez Dais abrió la boca asombrado:

-¿Que su abuelo me muestre su cuerpo desnudo?

-Sí; que su abuelo se desnude frente a ti y te muestre su cuerpo. Vete ahora. Y no te olvides. Te haré apalear como a un esclavo si alguien me informa que te ve en compañía de esa maldición de Alá.

Dais se inclinó respetuosamente. Estaba perdido. No le quedaba otro recurso que matarse o partir para Java. Lo pensaría. ¡Ah! Y antes, visitar la casa de Hacmet y decirle que su padre le había dicho que le hiciera conocer a su abuelo. Pero a su abuelo desnudo. ¡Eso sí que era una ocurrencia!

El joven Dais retrocedió espantado cuando el viejo Halid Majid terminó de desnudarse, y abriendo una ventana se mostró a la claridad del sol.

El cuerpo del viejo estaba surcado de terribles cicatrices. Semejantes a un follaje de piel roja y brillante, se extendían irregularmente por todos sus miembros. Esas cicatrices y costurones abarcaban su rostro, sus labios, sus párpados, sus brazos. Era como si el cuerpo de aquel hombre hubiera pasado a través de un engranaje terrible que sin hacerle perder su forma humana le hubiese desgarrado con sus dientes. No había una pulgada de epidermis en aquel anciano que no estuviera señalada por la misteriosa tortura. Ésta le daba la apariencia de un monstruo chino. Una vez que el viejo creyó haber sido contemplado lo suficiente por el joven Dais, le dijo:

-Siéntate, hijo de Faraj, y escucha atentamente mi historia. Éstas son las desgracias que les ocurren a los musulmanes que se acercan a las mujeres que no son de su raza. Cuando me hayas escuchado, el camino del deber aparecerá recto y fácil ante tus ojos. ¿Me escuchas, hijo de Faraj?

-Sí, señor; te escucho.

"En nombre de Alá el Clemente, el Misericordioso: Hace ochenta años. Yo entonces tenía veinte años. Mi padre me envió a la ciudad de Singaragia, en la isla de Java. No sé si tú sabrás que su población se compone en su mayor parte de malasios infieles, de chinos hediondos y de budistas cuya indecencia llega a extremos que no puedes imaginarte. Era mi amo un hermano de mi padre. Aparte de traficar con nidos de golondrina, a los cuales son muy aficionados los chinos, se dedicaba al préstamo como a la compra de telas baticadas, que son unas telas sumamente floreadas por las que pierden la cabeza los javaneses más sensatos.

Mi tío tenía su tienda al final de una calle en la que podían verse altas pértigas de cañas de bambú adornadas en su extremo de manojos de plumas de colores. Por esta calle pasaban hacia sus posesiones del campo los chinos principales, muy tiesos en sus literas doradas y conducidas por coolíes. También pasaban mujeres, con medio cuerpo desnudo y el rostro descubierto, conduciendo sobre la cabeza redondas bandejas de piñas y plátanos, que parecían ciempiés por los innúmeros rayos de palma que de ellos partían.

Yo estaba asombrado de todo aquello que mis ojos veían, y nada igualaba a mi agrado como el poder pasearme por entre las bajas montañas, de las que bajaban como grandes escalones las terrazas de los arrozales. También acudía a las riñas de gallos, por las que enloquecen los javaneses, o me sentaba en unas piedras excavadas que ellos llaman las 'Sillas de Shiva', escuchando la música que hacía el viento al pasar por unas inmensas arpas de bambú que los nativos de esos parajes colocan en sus sembradíos para ahuyentar a los pájaros que destrozan sus cosechas.

No vivía sino pasando de un asombro a otro. Solía también pasearme por el mercado, donde había infinita variedad de infieles, algunos con los dientes laqueados de negro, otros con la cabeza rapada, los dientes limados y las narices perforadas, así como chinos de túnicas floreadas, sacerdotes con mantos amarillos, cingaleses conduciendo vacas gibosas y campesinos seguidos de sus lagartos domesticados.

Estando una mañana en el mercado, vi a una mujer que me llamó la atención. Era alta, majestuosa; su cuerpo estaba envuelto en una sola pieza de tela floreada y su cabeza adornada de una corona de flores. Iba descalza, como acostumbraban las mujeres de aquel país, y cuando me vio, arrimado a la tienda de un mercader de flores, me echó tal mirada, que mis huesos se echaron a temblar. Un mal genio me inspiró a seguirla. Eché a caminar tras de ella, hasta que entró en una casa en cuyo portal cosía prendas un sastrecillo. La desconocida, antes de entrar al portal, se volvió y me sonrió de tan arrebatadora manera, que súbitamente creí que el día se había convertido en noche y que mi vida quedaba caída a la misma entrada del portal.

Al día siguiente volví al mercado, y a la misma hora llegó la desconocida, que se detuvo en el puesto de una mujer que mercaba legumbres. Yo, indeciso y tímido, permanecí a alguna distancia de ella, pero pronto la desconocida me descubrió y volvió a sonreírme. Yo iba a acercarme a ella, pero la vendedora de legumbres me hizo un gesto y comprendí que tenía algún mensaje que transmitirme. Cuando me acerqué a su puesto, me dijo que su compradora se llamaba Turey y que era esposa de Moana, el sastrecillo. Turey le había dicho que gustaba de mí, y que aquella noche, cuando los vigilantes golpean en los tambores de madera la hora primera, me acercara al portal donde podría hablarme, pues a esa hora el sastrecillo, fatigado por las labores del día, dormía profundamente.

Ansiosamente esperé la noche, y llegó la noche, y después la hora primera. Cautelosamente me acerqué al portal, cuya puerta estaba entreabierta. Allí me aguardaba Turey. Me dijo que con riesgo de su reputación se atrevía a hablarme. Yo le agradaba mucho. Su marido, el sastrecillo Moana, pertenecía a la religión brahmánica, pero ella no sentía ninguna atracción hacia él.

Desde aquella noche continuamos viéndonos siempre. Entrada la oscuridad, yo me deslizaba hacia el portal que ella dejaba entreabierto, y mientras el sastrecillo dormía, nosotros vivíamos nuestra felicidad.

De esta manera transcurrieron algunos meses. Dicen los sabios que el placer sacia al hombre y encadena a la mujer. Una noche, mientras conversábamos en el portal, Turey me preguntó si yo me casaría con ella si su marido llegara a morir. Irreflexivamente le respondí que sí; pero luego, atacado por un escrúpulo que me produjo el recuerdo de una bárbara costumbre practicada en aquel país, le pregunté:

-Pero, dime, en este país, ¿las viudas no están condenadas a la hoguera?

- -me respondió Turey-. Algunas mujeres practican aún esa costumbre; pero ella queda para las viudas que no quieren cambiar su religión; que las que abandonan el brahmanismo y se hacen musulmanas no marchan a la hoguera, aunque el deshonor caiga sobre ellas y su familia y parientes las repudien.

Una esclava que se acercó a ella en aquel momento interrumpió nuestra conversación y yo tuve que marcharme.

Volvimos a vernos otras veces, y Turey no recordó más la propuesta que me hizo aquella noche; pero una vez que llegué al portal, aunque lo encontré entreabierto, Turey no estaba. Pensando que me convenía aguardar, me senté allí, y Turey no tardó en aparecer.

Escúchame -me dijo-. Es tanto lo que deseaba vivir a tu lado, que esta noche, he envenenado a mi marido. Él acaba de morir. Está allá arriba, en su cama. Nadie sospechará que lo he matado, porque el veneno que le he dado no mancha el cuerpo. Ahora nadie podrá impedirme estar a tu lado. De modo que cuando pasen algunos días, me casaré contigo y adoptaré tu religión.

Escuchándola, mi corazón se aterrorizó secretamente. Jamás supuse que esa mujer fuera capaz de envenenar al inocente sastrecillo. Me dije, razonablemente, que bien pudiera ser que mi destino fuera morir también envenenado a manos de Turey si la casualidad ponía en su camino a otro hombre que le agradara más que yo. Sin poder detenerme, no le oculté mi repulsión por el crimen que había cometido. Le dije que aquélla era la última vez que nos veíamos, y que no se acercara nunca más a mí, porque si no la denunciaría a la justicia del Sultán por el delito cometido.

Turey escuchó en silencio mis palabras, y yo sentí que sus ojos me atravesaban el corazón como dagas envenenadas. Sin saber por qué, en ese momento entró un miedo pánico en mi entendimiento. Sin poderme reportar, me aparté corriendo del portal. Parecíame que la misma sombra del sastrecillo recién asesinado me amenazaba de terrible muerte o me previniera de un suceso peor aún.

Aquella noche, no pude conciliar el sueño. Pensaba que en cierto modo yo era el culpable del triste fin de Moana y que el día del Juicio Final me sería pedida cuenta de su tremenda suerte. Desvelado con tan siniestros pensamientos, vi llegar el amanecer, y cuando entré en la tienda de mi tío, éste me dijo:

-¿No sabes la novedad? Anoche murió Moana, el sastrecillo. Su viuda ha manifestado el deseo de morir en la misma hoguera que carbonice el cuerpo de su marido. Realmente, estas mujeres bárbaras dan muestras a veces de una fidelidad que ni entre los mismos creyentes se encuentra para raro ejemplo.

Si bien me espantó el fin del sastrecillo, más aún me asombró el propósito de Turey. ¿Qué se proponía al manifestar su voluntad de morir en la hoguera? ¿Hacerse perdonar por el dios de sus creencias el mortal pecado que había cometido?

Aunque mozo irreflexivo, adivinaba que un destino grave había caído sobre mi cabeza. En pocas horas, con mi conducta licenciosa había provocado la muerte de un honesto cortador de prendas, y ahora el suicidio de su arrepentida viuda. Indudablemente que algún día el Ángel de la Muerte me pediría cuentas de semejantes desaguisados, y no terminaba de jurarme a mí mismo que jamás volvería a fijar los ojos en la mujer del prójimo, cuando inopinadamente apareció la esclava de Turey, quien, dirigiéndose a mí, me dijo:

-Mi señora manda decirte que de acuerdo con las costumbres del país, su difunto marido será quemado en una hoguera, y que ella, como cuadra a una viuda honesta, se precipitará en la hoguera. Díjome también que te diga que le agradaría mucho verte en el cortejo de los que la despidan de esta vida.

Yo me estremecí de horror frente al sacrificio casi inevitable. Sin embargo, para calmar mis remordimientos, me decía que Turey, llegado el momento, no se atrevería a arrojarse entre las llamas, y dejé que su esclava se retirara, después de prometerle que cumpliría con mi deber e iría a verla morir.

Por la tarde, lívido como el mismo muerto a quien llevaban a quemar a una hoguera que se encendería en el bosque, me incorporé al cortejo funesto.

Rodeada de los malditos sacerdotes brahmanes y de viejas desgreñadas, que más parecían fieras carniceras que seres humanos, marchaba Turey con el rostro rayado de sangrientos arañazos y los ojos hinchados por interminable llanto. Yo la miraba sin acertar a comprender cómo era posible que amando tanto la vida y el placer diera su vida por un ser que cuando estuvo vivo ella mató. A su lado, como protegiéndola de aquellas que podían persuadirla de que no llevara a cabo tan bárbaro propósito como el de quemarse viva, marchaban los parientes del sastrecillo, y todos la cumplimentaban por su conducta y fidelidad a las costumbres del país.

Llegados al bosque, los que formábamos el cortejo hicimos un círculo en torno de un monte de leña donde se abrasaría el muerto y se suicidaría su viuda. Yo no abandonaba la esperanza de que llegado el extremo momento Turey se negaría a arrojarse entre las llamas. A todo esto, los sacerdotes colocaron el cadáver del sastrecillo sobre los maderos regados de aceite y un monje encendió la pira. Una rápida llamarada envolvió el montecillo de madera. Turey, separándose del cortejo, echó a caminar en torno de la hoguera para buscar el lugar más bajo y entrar en ella. Se acercó a mí. Yo iba a recibir su postrer saludo... ¡Horror!... De pronto me sentí agarrado por los ganchos de sus manos y arrastrado con infernal violencia al centro del brasero. Rodamos encima de las brasas. Yo profería terribles gritos, tratando de librarme del mortal abrazo de ese monstruo, cuya venganza era manifiesta ahora. Las llamaradas lamían mi cuerpo y mi túnica ardía rápidamente. De pronto, los brazos de la horrible mujer que me mantenían pegado al fuego se aflojaron; con mis vestiduras incendiadas, achicharrado vivo, me arrojé fuera de la hoguera y caí desvanecido sobre la hierba del prado.

¿Con qué palabras contarte mis terribles sufrimientos? ¡Oh, hijo de Faraj! Me sumergieron en un barril de aceite, donde durante muchos días y muchas noches creí que los sufrimientos terminarían por hacerme perder la razón. Mi tío, mis amigos, nadie creía que resistiría las graves quemaduras que me desfiguraban el cuerpo. Sin embargo, poco a poco fui reponiéndome, y aunque el fuego de la hoguera me había transformado en un monstruo, no pude menos de darle las gracias a Alá por haberme inferido tan clemente castigo.

Ahora ya lo sabes, hijo del amigo de mi hijo. No busques amor de mujer fuera de tu raza, de tu ciudad natal y de tu religión."

Y ésta, aunque ingenua, fue la causa por la que Enriqueta Dogson, de la mañana a la noche, dejó de ver para siempre al joven Dais el Bint Abdalla, que, sin despedirse de ella, se embarcó para Java en busca del olvido de una pasión insensata.



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